28.1.20

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No hay que profundizar mucho para descubrir que lo único que mantiene más o menos compactado al entramado independentista catalán es un objetivo común del que la ciudadanía parece apreciar nada más que lo que aflora a la superficie, es decir, lograr la independencia de Cataluña para convertir la región en una república.

Lo que subyace, lo que realmente es y ha sido siempre, no es otra cosa que una continua batalla entre los diferentes partidos independentistas por conservar e incluso incrementar sus respectivas parcelas de poder, porque ese poder es el que les permite expoliar y depredar los recursos no solo de su región, también del Estado al que parasitan con absoluta desfachatez con la ayuda del actual y los anteriores gobiernos de España. Recursos de los que viven desahogadamente los líderes independentistas, sus colaboradores y compañeros de partido, sus asesores, sus enchufados en diversas asociaciones y fundaciones… etc.

Pero hay ocasiones en las que el objetivo común, tan falto de nobleza como sus protagonistas, no logra disimular la lucha por el poder entre las diferentes facciones indepes. En Cataluña, las derechas y las izquierdas nacionalistas se desprecian abiertamente desde siempre. Un desprecio disimulado de cara a la galería a base de lazos amarillos a favor de quienes todos ellos llaman “presos políticos” y que no merecen otra calificación que “delincuentes condenados”.

Ayer, 27 de enero, Quim Torra perdió su acta de diputado del parlamento catalán, en cumplimiento de la inhabilitación que él mismo se ha ganado a pulso y que ha ejecutado el secretario general del parlamento catalán. De esta inhabilitación la consecuencia lógica sería que Torra dejara de ser Presidente de Cataluña, pero su propio partido y él mismo se resisten a ello. Negativa que no es de extrañar en una formación política que proviene de un anterior partido hundido y embargado por la corrupción del pujolismo  -Convergecia y Unión- , pero al que han seguido votando un buen número de catalanes a quienes no parece importar que sus representantes políticos hayan convertido a Cataluña en lo que hoy es: la región más corrupta de España y una de las más corruptas de toda la Unión Europea.

Durante la noche ardió Barcelona de nuevo. Contenedores y mobiliario urbano destruidos por los autodenominados comités de defensa de la república, que en realidad no son otra cosa que grupos de inadaptados tarados a quienes les importa mucho más destruir que construir. Los violentos causaron destrozos que enfangan aún más la imagen de Cataluña en un mundo en el que cada vez menos personas, por mucho que los corruptos abran embajadas catalanas para orquestar campañas de desprestigio contra España, se tragan el cuento de una región sojuzgada por el resto del Estado. A nadie mínimamente despierto se le escapa ya que esas embajadas ilegales permitidas por los gobiernos españoles a cambo de ciertos favores personales, son en realidad oficinas de captación de negocios, sostenidas con dinero público, pero dedicadas a intereses privados. La imagen de Cataluña hace mucho tiempo que dejó de ser el pretendido paraíso que las autoridades catalanas habían construido a base de propaganda, mentiras y victimismo. En esta era de información global inmediata, cualquiera puede dejarse engañar, y cualquiera puede buscar alternativas para conocer aquello de lo que no informa la mayoría de medios. Por eso Cataluña es hoy, para muchos extranjeros que han dejado de ser potenciales turistas e inversores, un lugar inseguro, corrupto e inestable donde un extranjero puede ser atacado, herido y desvalijado con mucha más facilidad que hace tan solo cinco años y donde la casta política ha construido un imperio corrupto que poco tiene que envidiar a la Cosa Nostra.

Y mientras Cataluña se hunde, su casta política se disputa lo que pueda quedar a flote del naufragio. Quim Torra, aún presidente, ha recibido en el parlamento y en presencia de la mayoría de diputados, a Oriol Junqueras y al resto de políticos condenados por los hechos de 1 de octubre de 2017. Entre todos han escenificado una unión que no es tal. Una farsa en la que las derechas y las izquierdas catalanas tratan de aparentar una fraternidad que no existe. Desde la Izquierda radical de ERC hasta la ultraizquierda de las CUP nadie olvida que el huido Puigdemont, el líder sobrevenido de la rancia derecha pujolista que vive sin problemas en el extranjero, animó a los diferentes partidos independentistas a rebelarse contra el Estado para luego escapar cobardemente por la frontera de La Junquera dirección a Bruselas. Puigdemont es para ellos un cobarde y traidor que no tuvo los arrestos para responder por sus hechos, como sí hicieron los que acabaron en prisión. La izquierda catalana no lo olvida.

La brecha que divide al independentismo catalán es mucho más profunda que lo ideológico, aunque esto trasciende poco en los medios. Es una brecha de clases que enfrenta a los indepes adinerados contra los indepes de clases más populares. Los adinerados son mayoritariamente pujolistas o herederos del pujolismo, católicos y relacionados con las oligarquías que viven del expolio y la corrupción de los recursos de los españoles. Los otros, izquierdistas y antisistema, herederos del radicalismo de la Esquerra y del terrorismo de la antigua organización terrorista Terra Lliure y que agrupan al lumpen violento sin ideología concreta pero con una enorme facilidad para la violencia.

Esta lucha por el liderazgo del independentismo ha quedado bien patente hoy, el día en el que los políticos delincuentes y encarcelados han aparecido en el parlamento catalán. Oriol Junqueras, de la Esquerra Republicana, ha presumido de ser el campeón del independentismo ante Quim Torra, aún presidente de la comunidad y miembro del partido heredero de la corrupción pujolista. Y aunque moralmente, ante los suyos, Junqueras tiene razón y autoridad porque es él quien ha dado la cara y ha acabado en prisión por defender aquello en lo que cree, no puede ignorar que la presidencia del parlamento está aún en manos del independentismo de la derecha rancia. Oriol Junqueras necesita seguir ganando apoyos para su causa y es por eso que hoy ha asegurado que lo volverá a hacer, refiriéndose a provocar otra rebelión contra España. Una declaración de intenciones que le hace aparecer como el “moisés” del pueblo catalán que ningún indepe de la derecha ha acertado a ser.

Así que, si se celebran nuevamente elecciones autonómicas en Cataluña, como parece que puede llegar a suceder ante la suspensión de Quim Torra como diputado y posiblemente como presidente, estará por ver cuál de los partidos independentistas será más apoyado por los votantes. En cualquier caso, esta carrera por el poder, en la que han sido relegados los partidos constitucionalistas, no fomentará la unión de los indepes excepto en ocasiones puntuales. La competencia por los puestos de influencia en la política y las instituciones será mayor conforme pase el tiempo, porque como en cualquier región o estado corrupto, demasiadas personas viven de esa corrupción. Pero, mientras tanto, las calles de Barcelona arderán de cuando en cuando, la ciudad será menos y menos segura, la comunidad autónoma será más y más pobre y el tiempo nos demostrará que para los totalitarios de todos los colores es más deseable gobernar, aunque sea entre ruinas, que no gobernar en una tierra que un día fue motor económico de toda una nación.



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