15.10.19


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Para quien haya vivido en Cataluña el tiempo suficiente como para haber conocido de primera mano lo que aquella tierra fue y ya no es, como es mi caso, lo que se vive allá desde durante esta última década solo puede ser calificado como tragedia.

Una tragedia no provocada por imponderables, sino una tragedia prevista, anunciada, y no por ello menos traumática para una sociedad que hoy se ve fracturada  -ya casi sin remedio-  hasta el punto de ver amistades y familias rotas por un odio que ha ido fraguando durante largos años desde las escuelas adoctrinadoras, la política corrupta y los medios de comunicación subvencionados por ella, hasta alcanzar unas cotas de paranoia como no se veían desde el franquismo de postguerra y los anteriores años de enfrentamiento civil entre españoles


Durante los últimos años he observado en los noticiarios el comportamiento de las masas independentistas en sus manifestaciones y revueltas. Masas a las que no se puede disculpar, de ningún modo, con el manido argumento de que los políticos y las oligarquías catalanas les han ido manipulando paulatinamente hasta convertirlas en lo que ahora son. Disculpar en absoluto, porque en los tiempos que corren, cualquiera puede recibir información manipulada, del mismo modo que cualquiera puede buscar opciones y tiene posibilidades de contrastar las noticias. Y el pueblo catalán no es distinto a otro pueblo en eso, ni en ninguna otra cosa, por mucho que algún tarado moral y parásito de lo público se empeñe en asegurar que existe una raza superior catalana y que el resto de españoles provienen de moros y judíos.

El pueblo catalán es tan manipulable como cualquier otro pueblo que no quiera estar informado. Y este problema es extensivo a cualquier país. Recuerdo bien cómo durante los disturbios siguientes a las votaciones del referéndum fraudulento por la independencia, un norteamericano que había vivido dos años en Cataluña y cercanías, progre izquierdista a tenor de lo que suele publicar en su muro de Facebook, se hizo eco de las noticias manipuladas que aparecían en no pocos medios denunciando cargas policiales y centenares de heridos, mártires catalanes a manos de la policía española represora, y que alcanzaron repercusión mundial en cuestión de pocas horas. Los comentarios de este indocumentado en su muro bien podría haberlos hecho cualquier indepe de bandera estelada y cerebro en el trasero. Al día siguiente esas mismas noticias alarmistas y victimistas, junto con sus imágenes manipuladas, fueron desmentidas una por una, demostrando que esas imágenes habían sido alteradas  -alguna de ellas ni siquiera pertenecía a disturbios sucedidos en España-  y que los supuestos 900 heridos por las “fuerzas de ocupación española” eran, en realidad, una señora que se había herido en un percance y después había querido culpar a la policía , para lo que encontró el inmediato apoyo de cientos de independentistas que dieron alas a su historia en las redes sociales.

Durante los días siguientes fui incapaz de encontrar una sola referencia, noticia, escrito o publicación en esas mismas redes sociales de independentistas pidiendo disculpas y reconociendo la gran mentira de las noticias de “represión” que habían recorrido el mundo impulsadas por ellos. Del mismo modo, este norteamericano izquierdista, pecó de la misma estupidez y maldad que sus admirados indepes. No publicó un solo comentario reconociendo que se había equivocado por colaborar en tan enorme trama de mentiras.

Hay que reconocer que el independentismo, hasta no hace mucho disfrazado de nacionalismo pujolista que era admirado e imitado en no pocas partes de España, ha ido ejecutando su obra con precisión milimétrica y frialdad casi nazi. Podríamos hacer muchas comparaciones entre las estrategias catalanistas de lavado de cerebro y las que Hitler y su camarilla de criminales copiaron a los comunistas soviéticos para aplicarlas en Alemania a partir de 1933. En ocasiones, cuando me ha surgido alguna conversación sobre este asunto y estaba presente algún independentista, no he podido evitar pensar en aquella cita atribuida a Mark Twain que reza algo parecido a que es más fácil engañar a alguien que convencerle de que ha sido engañado.


En realidad, no es lo más grave que las nuevas generaciones de catalanes ignoren su propia historia. De hecho, creo que su historia les tiene sin cuidado y por ese motivo prefieren creer lo que les han contado en las escuelas. No van a invertir un solo minuto en contrastar ni investigar lo que realmente fue Cataluña como parte de la historia de España y de la Corona de Aragón. Ellos han admitido de buen grado un pasado inventado desde las instituciones independentistas. Un pasado falseado desde lo malicioso hasta lo ridículo, con no pocos toques de ciencia ficción, en el que personajes y hechos han sido deliberadamente alterados unos, eliminados otros, e inventados otros en buen número en una amalgama de mentiras que no resiste ni un análisis histórico superficial.

En semejante caldo de cultivo se han criado y “educado” las nuevas generaciones catalanas desde final de los 70, cuando aún Cataluña no había obtenido las competencias en educación pero las editoriales barcelonesas ya modificaban los libros de historia de la EGB para ir alterando la asignatura de historia que comenzarían a recibir lo que por entonces tenían 12 ó 13 años. Y son estas generaciones, de los que hoy tiene 50 ó 55 años y los más jóvenes, los que fueron viviendo desde entonces ese clima de escisión y xenofobia que germinaba y crecía en las escuelas y en televisión bajo la mirada complaciente de la derecha nacionalista de Jordi Pujol  y la izquierda independentista que acogía de buen grado a los pequeños grupos de agitación y terrorismo que iban apareciendo entonces.

¿Era el independentismo un fin en aquellos tiempos? Mi opinión es que entonces, el independentismo era la bandera que arropaba a la corrupción generalizada en Cataluña. El clan Pujol y su enorme corte de advenedizos delincuentes robaban dinero público y conseguían comisiones a manos llenas, mientras tachaban de anticatalanes a quienes osaban criticarles en lo más mínimo. Era exactamente lo mismo que ha sucedido en la historia de ciertas repúblicas bananeras en las que un dictador acumulaba una enorme fortuna mientras distrae a la población creando un enemigo interior al que culpar de todos los males. Con propaganda y medios suficientes, el clan dominante distraía a todo un pueblo ignorante mientras “la familia Pujol” adquiría propiedades en un sinfín de países de las Américas, acumulaba fondos en la complaciente y corrupta Andorra, y corrompía todavía más a los ya sucios políticos e instancias del poder central que miraban para otro lado mientras ahuecaban sus bolsillos esperando la siguiente mordida.

Y mientras las élites, oligarquías e iglesia católica catalana sacaban tajada, la carne de cañón, es decir, la creciente porción del pueblo catalán que prefería acunarse en brazos de una utópica independencia antes que ocuparse en seguir construyendo la prosperidad de su región, veía con agrado cómo el independentismo, alentado por un Jordi Pujol que en su infancia había recibido educación pronazi que, cuando adulto, le llevó a escribir repulsivos textos sobre la superioridad del hombre catalán y la degeneración del destruido hombre andaluz, aceleraba un poco más el paso y aplicaba normativas que arrinconaban y trataban de anular la españolidad de los catalanes en favor de un sentimiento de aversión a España que no tardaría en calar en las generaciones entonces más jóvenes que hoy conforman la población de mediana edad. En apoyo de ese “plan Pujol”, el derechista de pasado nazi tan admirado por los demócratas catalanes, se alineó la iglesia de Roma. Los monjes de ese nido de degeneraciones que es el monasterio de Monserrat aireaban su independentismo con la misma fijación que los militantes de la Esquerra Republicana. No dejaba de ser curioso cómo, una vez más en la historia de España, la iglesia papista apoyaba, alentaba y hasta patrocinaba a los enemigos de nuestra nación exactamente del mismo modo que lo hacía con los terroristas independentistas en las Vascongadas, ante la indiferencia de la jefatura vaticana que, para no variar, miraba para otro lado con la misma habilidad que el gobierno central de Madrid y el principal amiguete de Pujol, el rey Juan Carlos.

Habían pasado los años 90. Durante esa década no era extraño que proliferaran actos antiespañoles en centros de enseñanza, desde la infancia hasta la universidad. Y la población catalana que se consideraba española había seguido indiferente ante el pujolismo y la gran corrupción que a inicios del año 2000 ya etiquetaba a Cataluña como una de las regiones europeas más corruptas en lo económico, tras los continuados escándalos económicos que durante la década recién finalizada, habían terminado con algunos sonados nombre de la industria y la banca en la cárcel, entre los que figuraban ciertos viejos amigos del rey Juan Carlos. En ese año 2000, el aleccionamiento en las escuelas respecto a la “historia de Cataluña” llevaba funcionando 20 años, en los que muchas promociones de estudiantes ya habían terminado la primaria y la secundaria embebidos en una cultura catalana tan falsa como excluyente. Hoy, hace 19 años, ya se daban casos en los que algún niño venido de otros lugares de España encontraba dificultades para recibir educación en Español. Y como suele suceder en los sistemas educativos paridos por dictaduras ideológicas, el sistema educativo catalán hasta fin de la educación secundaria estaba en clara desventaja de resultados respecto a los de otras comunidades autónomas en las que no existía ningún nacionalismo que se preocupase antes por crear una multitud de ignorantes obedientes que por formar individuos que pudieran contribuir a la prosperidad de la sociedad.

Hoy bien podríamos decir que buena parte de la sociedad catalana, en este año 19 del siglo XXI, se ha dejado llevar hacia un proceso de zombificación intelectual y moral del que ya no se librará jamás. El independentismo lo ha conseguido. Ha creado una masa perfecta para sus intereses. Una masa que clama por la democracia y el derecho a la independencia con un convencimiento sólo equivalente a la indiferencia con la que han observado durante las pasadas décadas cómo tantos catalanes no independentistas han sido apartados, ignorados, y hasta agredidos en sus derechos y en su integridad física. Una masa conformada por catalanes de “pura cepa” y charnegos, más independentistas ellos que nadie para hacerse perdonar sus antecedentes andaluces o extremeños, y que se niegan a ver que para las élites catalanas de ocho apellidos de raigambre ellos nunca serán más que la morralla útil como catalanes de segunda clase. Ya lo decía en los años 70 la esposa de Jordi Pujol, implicada también en no pocas maniobras económicas turbias, que no quería que sus hijos jugasen en la calle con los hijos de los andaluces. Catalana también de “pura cepa” que odia que le recuerden que tiene en su árbol genealógico varios antepasados oriundos de Tarazona, en la provincia de Zaragoza. Añadamos a todo esto centenares de miles de inmigrantes cuyos votos se compran con dinero público. Catalanes de tercera por debajo de los charnegos, y que también son útiles en las urnas.

Y así, esa masa zombificada actúa bajo el dictado de sus corruptos y delincuentes líderes. Una masa que sigue a indeseables que se enriquecen y aseguran sus posición para el futuro mientras sus sirvientes se pasean por las calles con banderas independentistas mostrando su odio hacia una España que no existe porque no es como se la han presentado en las escuelas. Una masa a la que le importa un soberano pimiento que la inseguridad provocada por el independentismo haya llevado a Cataluña a la quiebra, alejándola cada año que pasa de los puestos de cabeza que una vez ocupó en los indicadores económicos nacionales y europeos. Masa de zombis que enarbolan banderas indepes y lazos amarillos, impasibles ante el éxodo de miles de empresas que han abandonado Cataluña. Un éxodo que no tiene visos de parar.

Pero la zombificación intelectual y moral de Cataluña también ha salpicado a no pocos catalanes partidarios de la nación española. Éstos son los cobardes y los indiferentes. Los que con su silencio y por omisión han permitido que los independentistas hayan tomado el control de la sociedad catalana como los fascistas hicieron en la Italia de finales de los 1920 y la década entera de 1930. Los cobardes que miraban para otro lado cuando la ocasión requería dar un paso adelante, y los indiferentes que pensaban que lo que sucedía entonces nunca iría a más. Todos éstos, los indiferentes y los cobardes, son como el rebaño de corderos que bala en la noche esperando temerosos la llegada del depredador. El miedo les atenaza. Solo una minoría da la cara a diario. Son los héroes que se enfrentan a tanto perturbado independentista porque alguien tiene que hacerlo.

Cataluña no tiene solución. Su clase política está prácticamente corrompida. La oligarquía dueña de esos políticos no permitirá que se le prive de un solo de sus privilegios ganados durante siglos de corrupción; y la iglesia papista, hoy más que nunca gobernada por un líder que no ha demostrado otra cosa que su predilección por el globalismo y la ideología de género y que defiende la inmigración ilegal seguirá ayudando a las élites a controlar al entramado independentista que se ha apoderado de la región como un cáncer en proceso de metástasis.

No es fatalismo. Considero lo que veo y así lo expreso. En Cataluña nada ha ido a mejor en estos pasados cuarenta años. Y si queda aún algo bueno, en cuanto los corruptos independentistas pongan sus sucias manos encima, lo aniquilarán, como han venido haciendo desde que Pujol comenzó a gobernar. Observando los hechos, no puedo llegar a otra conclusión.



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