3.6.18

En la ajetreada historia reciente de la democracia española ningún presidente del gobierno ha salido de Moncloa con tranquilidad.

Suárez fue traicionado por los suyos, por el Rey y por quienes presumían de ser demócratas en otros partidos. Calvo Sotelo, en tiempos de un extraño golpe de estado, quedó en el  recuerdo como un breve presidente de transición hacia el felipismo. Felipe González fue el mandatario que institucionalizó la corrupción en todos los ámbitos de la vida política española y principal sospechoso de ser la “X” de los GAL. Aznar se fue cumpliendo su promesa de gobernar solamente dos legislaturas, pero azotado por los terribles atentados del 11M, cuyas consecuencias fueron el desalojo de un más que seguro triunfante Partido Popular en aquellas elecciones generales. Rodríguez Zapatero no terminó su segunda legislatura. Salió por la puerta de atrás, con el bien ganado estigma de haber sido un completo inútil para los intereses de España, aunque un dedicado y diligente siervo de toda la maquinaria de ingeniería social que instauró absurdas y dañinas leyes y abrió una brecha social basada en el guerracivilismo y el enfrentamiento entre españoles. Y Mariano Rajoy, a quien la mayoría votante de una moción de censura ha arrojado por la ventana sin miramientos, ha demostrado, hasta su último día de mandato de esta inacabada legislatura, ser un hierático tótem que se ha caracterizado, en todo su nefasto mandato, por no reaccionar, o hacerlo tarde y mal, ante los problemas y desafíos más acuciantes para España.

Hay quien aún piensa que el PP es un partido de derecha liberal. No se engañen. Su transformación en partido socialdemócrata de centro izquierda a imagen casi exacta del PSOE se inició en el congreso de Valencia de 2008, y se ha producido paulatinamente desde entonces. El PP no es la derecha, y los hechos y los resultados de todos estos años de Rajoy como presidente de la formación así lo han demostrado. Rajoy lo advirtió cuando dijo que “los liberales que se vayan al partido liberal y que los conservadores que se vayan al partido conservador.” Muchos, entonces, tuvimos claro lo que iba a suceder en el Partido Popular. Pero muchísimos más se negaron a aceptar la realidad de lo que estaba por llegar y, definiéndose todavía como conservadores liberales, confiaban ciegamente en que Rajoy sería un nuevo Aznar que, como el original, pondría a funcionar nuevamente la maquinaria una vez llegado a Moncloa, rescatando a España de una feroz crisis que era no solo económica; también social y política, tal como sucedió en 1996.  Jamás podré entender cómo tantos habían llegado a creer que Rajoy sería ese “nuevo Aznar”, pero la euforia ante la victoria del PP frente al fracasado Zapaterismo estaba desatada. Como dije antes, Rajoy había desmantelado y enterrado lo que de liberal pudiera quedar en el PP que, de facto e intención, era un partido socialdemócrata de centro izquierda que no tardaría en mostrarse así a sus engañados votantes.

Pero en este país de mayoritario voto lanar, donde millones votan no de acuerdo a un programa o ideología sino por fervor a un iconizado líder u otro, los acérrimos al PP, fuera lo que fuera el partido, confiaban ciegamente en un verdadero cambio respecto a las dos legislaturas anteriores del infame Rodríguez Zapatero. Y no fue así.

Rajoy sale de Moncloa siendo, en algunos aspectos, la comparación casi perfecta de un engañador Felipe González. Rajoy comenzó a gobernar incumpliendo su programa electoral, lo que ya es en sí grave. Y además continuó el zapaterismo del modo más vergonzoso posible. Muchos le votaron para que derogara las delirantes leyes de género, y las continuó. Muchos le votaron para que bajara los impuestos, y los subió más de lo que pretendían los comunistas en su programa. Muchos le votaron para que hiciera frente a los independentistas, y siguió siendo tan connivente con ellos como lo fue desde que asumió la presidencia del PP. Muchos le votaron para combatiese el sectarismo en los medios de comunicación, y lo reforzó salvando al Grupo PRISA con dinero público, favoreciendo al mismo tiempo a medios de izquierdas. Muchos le votaron para que retirara la vergonzosa e inhumana ley del aborto, y la ha dejado tal como estaba. Mucho le votaron para que hiciera algo en favor de España, y le  ha dado continuidad a la era socialista que llegó después y gracias a los atentados del 11M. Muchos le votaron para que frenara a la misma ETA a la que Aznar tuvo prácticamente derrotada y Zapatero revivió, y ha facilitado que cientos de terroristas condenados estén en libertad, traicionando la memoria de las víctimas, muchas de ellas del propio Partido Popular. Y muchos le votaron, en fin, para que combatiese la entonces creciente influencia de la izquierda radical y populista, y dio apoyo a Podemos en los medios de comunicación más que a cualquier otra formación política.

Mariano Rajoy es un fraude, y la historia le juzgará como tal. Es un traidor a los suyos. No solo a sus votantes. También a compañeros de partido que se jugaron el tipo frente al terrorismo y que acabaron expulsados de un PP progre y débil aún con mayoría absoluta. Es el mayor Judas que jamás ha podido tener su partido, al que ha dejado arrasado en casi toda España. Rajoy es, como Sáenz de Santamaría y el resto sus vividores, el colmo de la desfachatez, queriendo ahora estar en la oposición para contemplar el descalabro de otra nulidad como Pedro Sánchez, ha quien ha facilitado llegar a la presidencia del Gobierno de España.

Queda una segunda mitad de legislatura en la que el PSOE, en minoría, tendrá que arrodillarse ante Podemos, independentistas y proterroristas si pretende sacar adelante algún proyecto, teniendo además en frente a un senado con mayoría Popular. Y el nuevo presidente del Gobierno Pedro Sánchez, una copia corregida y mejorada del estulto Rodríguez Zapatero, no aporta ningún bagaje político ni profesional de consideración. No es más que otro figurín que, como demuestran las hemerotecas, puede cambiar de opinión y de principios con la misma facilidad que su predecesor en el cargo, encontrando, además, excusas suficientes para satisfacer a su rebaño de votantes.

No espero nada bueno de este cambio de Gobierno. Pero sí veo previsible que en las próximas elecciones, tanto PSOE como PP vuelvan a perder votos que fuercen a ambas formaciones a refundarse o desaparecer (ojalá desaparezcan. No merecen otra cosa). Y como siempre sucede, los beneficiarios de este cambio de Gobierno en minoría serán los partidos independentistas y los neocomunistas de Podemos.

Veamos pues cómo se desarrolla esta gran farsa política. Una obra trágica de la que no podemos ser espectadores, porque la realidad nos fuerza a ser los extras y figurantes de un guión en el que los malos casi siempre ganan y los buenos suelen acabar derrotados, burlados, y en ocasiones enterrados.

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