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Quien haya vivido aquélla
época y tenga una memoria dispuesta a reconocer el pasado dejando a un lado sus
preferencias políticas, tendrá que admitir que la década de los 80 fue un
tiempo de corrupción rampante en España. Y no pocos españoles disculpaban
aquella corrupción porque, como decían literalmente, “como los de antes robaron
40 años, que roben ahora los míos”. Una forma tan española de justificar a los
indeseables, y tan habitual en los comentarios de calle, de bar y de trabajo,
que llegó a ser parte de la nueva cultura democrática española.
Al amparo de aquella
corrupción muchos progresaron económicamente de un modo que jamás habrían
podido soñar si se hubieran dedicado a otras actividades laborales en la que
habrían tenido que demostrar su valía. Pero en política, tanto entonces como
hoy, la valía no se requiere, y ni siquiera se presupone en la mayoría de los
casos. El principal requisito es que cada uno sea fiel al partido y a los
líderes, por encima de todo. Y si eso se demuestra, cualquiera puede llegar a
ser, por poner un ejemplo entre miles, director general de la Guardia Civil sin
haber terminado siquiera un primer grado de Formación Profesional.
El personaje al que hoy
recuerdo - después de leer un titular en
un diario anunciando su nuevo y bien pagado cargo público - es un verdadero indeseable que lleva décadas
viviendo de la política, es decir, del dinero de los contribuyentes. Ya por aquellos
años 80 fue ocupando puestos tanto públicos como dentro de su partido. Incluso
entre ciertos colegas de formación política su fama dejaba bastante que desear
en algunos aspectos, pero, como no era el único al que dada su posición, le
gustaba comportarse en ciertos ambientes como si fuera el rey del mundo, nadie
se enfrentaba a él por miedo a perder su puesto, su sueldo y su calidad de
vida, que en un político - con P de
Parásito – suele ser bastante acomodada.
Este indeseable fue escalando
a base de ausencia de mérito y abundancia de todo lo contrario. Llegó a
ostentar durante algunos años uno de los puestos políticos que era y es clave
en cualquier comunidad autónoma. Hasta que pasado algún tiempo, escándalos
relacionados con abuso de poder y, digamos, excesiva alegría al emplear
tarjetas de crédito pertenecientes a cargos públicos, precipitaron los
acontecimientos y el partido, siempre el partido que cuida a quien ha servido
bien desde puestos de importancia, le colocó en un cargo institucional en un
organismo público de cuya actividad este personaje no tenía ni idea. Un
organismo público que, para afrenta del personal que ha entrado en él a base de
duras oposiciones, los políticos
han empleado como aparcadero de
compañeros a los que se les debe mucho pero no se sabe muy bien qué hacer con
ellos. Algo muy parecido al Parlamento Europeo, donde tradicionalmente han ido
recalando sinvergüenzas a los que conviene alejar del país para ver si la poca
prensa que denuncia la corrupción se olvida de ellos.
Dos años duró el corrupto en
este cargo. Dos años de buen sueldo y viajes por varias comunidades autónomas
en donde las andanzas de este personaje acababan invariablemente en aventuras
con prostitutas que, por si alguien tenía alguna duda, eran retribuidas con
dinero público. Y durante aquellos dos años, este caradura, quizás para
aprovechar al máximo el dinero de plástico del contribuyente, usaba de vez en
cuando las dependencias de la central del organismo público que presidía para
recibir, con nocturnidad y en compañía de otros, a prostitutas locales que
también se llenaban los bolsillos a cuenta de alguna partida presupuestaria.
Así, entre escándalos de esa
índole y otros del mismo cariz que los de su historial de los años 80, tuvo que
ser apartado de puestos de semejante responsabilidad, y por toda sanción, fue
colocado en otro puesto político dentro de su partido. Nada se filtró a la
prensa, entre otras cosas porque en su ciudad no hubo un solo periodista con
agallas para publicar lo que estaba más que probado. Y pocos años después,
cuando las aguas se calmaron lo suficiente, volvió a ser colocado como concejal
de su partido y con varias asignaciones extra que le permitieran seguir
llenándose los bolsillos con un sueldo más que decente a cambio de ser un
intrigante y un obediente siervo de los intereses gobernantes. Es en lo que se
ha ocupado durante los últimos veinte años.
Ahora, en premio a toda una trayectoria
de cuatro décadas de corrupción y obediencia, este corrupto ha sido premiado
con otro cargo público. Uno de los más relevantes que se pueda dar en un
gobierno autónomo. Seguramente, sus compañeros y aduladores estarán felices.
Pero yo, que conozco bien sus andanzas, contemplo su foto en un periódico local
y no alcanzo a ver otra cosa que un detestable corrupto que lleva toda su vida
viviendo de los impuestos robados a los contribuyentes, con el beneplácito de
los que votan a su partido, y con la admiración de algún periodista
desmemoriado, servil y rastrero que le llama “servidor público” y “hombre de
partido”. Un corrupto como los hay a miles. Un impresentable de coche oficial y
despacho de postín. Una alegría para las prostitutas de lujo de la ciudad. Una
vergüenza.