3 de agosto de 2010


Soy de los que creen, porque estoy absolutamente convencido de ello, que Franco, la transición y la búsqueda compulsiva de ultraderechistas hasta debajo de las piedras son los argumentos de los que viven, y muy bien, por cierto, una corte innumerable de inútiles que, en un país normal y democrático, habrían tenido infinitamente más difícil acceder a puestos de responsabilidad en gobierno, política, medios de comunicación y un sin fin de estamentos e instituciones públicas mantenidas por el conformado contribuyente español.

Es tan previsible el comportamiento y los razonamientos de cualquiera de estos “intelectuales” y “gestores” autodenomidanos “de izquierdas”,  aunque en sus vidas privadas se conduzcan como auténticos capitalistas, que resulta muy difícil poder valorar cualquier iniciativa de ellos con un mínimo de objetividad.

Todo este reciente asunto de la prohibición de las corridas de toros en Cataluña, promovido por los independentistas, me suena tan falso ahora que ya es una realidad como hace un tiempo, cuando era una proposición poco más que molesta e inalcanzable.

Ante todo, quiero dejar mi posición bien clara con respecto a las corridas de toros. Posición fundada sobre la base de mi fe cristiana que procuro aplicar en mi comportamiento, mi forma de entender la política y mi punto de vista sobre la sociedad.

Considero una abominación a los ojos de Dios que cualquier ser humano, valiéndose de su superioridad, se sirva de un animal para mortificarlo de cualquier manera en un espectáculo. No estoy en absoluto de acuerdo con el argumento, pobre argumento, que defiende que las corridas de toros son buenas por el hecho de ser una tradición. Que una costumbre sea una costumbre, que una tradición sea una tradición, no son sinónimos de comportamientos correctos ni moralmente sostenibles.

En base a dicho argumento, o apoyándose en él, he oído otras ideas tales como que el toro realmente no sufre cuando le clavan arpones en la espalda, le pican la columna vertebral con una lanza, o le meten, para matarlo definitivamente, una espada de un metro de acero en el cuerpo. Tales excusas son de todo punto reprobables, porque lo único que ocasionan esas prácticas es derramamiento de sangre inútil y ofrecen el espectáculo de la muerte a cientos o miles de personas presentes en una plaza.

Hay otros muchos planteamientos que tampoco puedo llegar a comprender, ni siquiera disculpar, tales como que si no fuera por las corridas de toros no existieran, tampoco existiría el toro bravo ni las ganaderías. Entonces, desde ese “humano” punto de vista, ¿se debe justificar que exista una especie para que su fin sea morir como entretenimiento del público?

He escuchado, en muchas ocasiones, cómo muchos defensores de la tauromaquia se definen como amantes de los animales, curiosamente, lo mismo que también hacen muchos cazadores. ¿Cómo puede comprenderse que alguien ame y cuide a su propio animal doméstico y se muestre a favor de la ejecución pública de otro animal?

Aunque solo sea por costumbre o tradición – en España se justifican muchas cosas en nombre de las tradiciones – la gran mayoría de público de las corridas de toros se confiesan católicos. Incluso los toreros, como la mayoría de católicos tradicionales, son tan exageradamente supersticiosos que se hacen acompañar por toda clase de imágenes y estampas de vírgenes y santos, aunque a la vez confíen en extrañas creencias tales como no querer ver una montera hacia arriba por parecerse al interior del ataúd, y otras creencias parecidas, lo que demuestra que su confianza en Dios no debe ser tan fuerte cuando usan amuletos y supersticiones. ¿Cómo se puede pretender ser cristiano y defender al mismo tiempo un espectáculo en el que la audiencia clama por la muerte de un animal y presencia cómo un hombre pone su vida en juego?

Dicho todo esto, (y más que querría exponer y no hago por no aburrir a nadie) también quiero expresar mi absoluta desconfianza, tal y como han hecho otros muchos durante estos pasados días, en este empeño de los independentistas catalanes por prohibir las corridas de toros. No veo en ello un afán sincero de acabar con la práctica de un espectáculo cruento que otros pretenden revestir de arte y cultura. No veo otra cosa que no sea interés político. No veo otra intención distinta a la de atacar, desde el independentismo, a una costumbre española que se pretender erradicar de Cataluña, para que la propia Cataluña parezca menos española de lo que es.

Porque si la prohibición de las corridas de toros buscara como objetivo verdadero acabar con el sufrimiento innecesario de unos animales, los independentistas catalanes habrían incluido en sus propuestas la abolición de ciertas fiestas populares catalanas en las que se somete a miedo y sufrimiento a otros toros. Fiestas contra las que los nacionalistas catalanes no se atreven a actuar, ya sea por no encontrarse frente al descontento popular, o sea por que dichas fiestas sí que agradan a su sentimiento nacionalista.

De nuevo, los independentistas han basado sus argumentos en la doble intención y en el enmascaramiento de sus verdaderos objetivos antiespañoles. Y de nuevo, también, otros han justificado la defensa de las corridas de toros con conceptos tales como la libertad, para no tener que complicarse con mayores consideraciones como el valor de la libertad y el libre albedrío y la conveniencia de usarlos para ejercer dominio injusto contra  especies animales que viven con nosotros en un mundo del cual deberíamos ser tan buenos administradores como herederos, tal y como nos aconseja el cristianismo.

Sin embargo, las intenciones de la mayoría de independentistas quedan bien claras pocos días despues:

La Generalidad autoriza más de 200 festejos taurinos este año en Tarragona.

10 comentarios:

Don Andrés dijo...

A mí tampoco me gustan los toros, pero valoro más la libertad.

José Enrique Carrero-Blanco Martínez-Hombre dijo...

A mi tampoco me gustan, pero si hay gente que le gusta ver a un torero enfrentarse a un toro, es cuestión de gustos. Lo de la coherencia es un tema aparte, en el que se puede ver defender los derechos de los animales, pero se callan, por ejemplo, por la existencia de zoológicos en los que se exhiben al público animales salvajes que antes fueron secuestrados, deportados y encarcelados, con un claro ánimo de lucro. Y a los animales de compañía defendemos la castración y se justifica de muchas maneras, que si es para que no sufra, que si es para evitar una superpoblación, pero le hacemos algo sin contar con su consentimiento, impidiéndole además cumplir con el objetivo que tiene genéticamente marcado que es la perpetuación de la especie.

Mike dijo...

Don Andrés, yo me pregunto frecuentemente si el respeto a la libertad implica también el respeto al mal uso de la libertad. Es un asunto en el que habría que hilar muy fino.

José Enrique, yo tampoco estoy de acuerdo con la existencia de parques zoológicos en general, aunque reconozco que alguno de ellos hace una labor de preservación de especies encomiable. En cuanto a la castración de un animal doméstico, creo que es recomendable en muchos casos para evitar males mayores. Quien haya tenido gatas sabrá de lo que estoy hablando.

En cuanto al respeto a la voluntad del animal, sin tener la necesidad ahora de entrar en cuestiones de doctrina profunda, le diré que creo que todo lo que vive tiene espíritu, pero en este estado de vida mortal, hay muchas formas de vida que no disponen de una voluntad y conocimiento necesarios para tomar muchas decisiones. Quizás una de las responsabilidades del ser humano en esta tierra sea responsabilizarse por ellos.

Un saludo a ambos.

Javier dijo...

Vaya por delante que no soy taurino y que es totalmente legítimo considerar las corridas de toros como un espectáculo cruel y desagradable, tanto como el respeto a los aficionados a la tauromaquia. Yo, particularmente, pienso que un animal no es asimilable a un ser humano pero, aún así, sólo nos es lícito matarlos para alimentarnos, para nuestro sustento. El maltrato gratuito y sin motivo a los animales me repugna profundamente y, por ejemplo, los toros me desagradan bastante, aparte de que es un espectáculo al que no le veo interés.

Desde un punto de vista cristiano, pues diría que Dios nos otorgó el dominio sobre los animales y la posibilidad de domesticarlos como compañía o fuente de sustento, como dice en Génesis 1: 26. "Y dijo Dios: Hagamos al hombre á nuestra imagen, conforme á nuestra semejanza; y señoree en los peces de la mar, y en las aves de los cielos, y en las bestias, y en toda la tierra, y en todo animal que anda arrastrando sobre la tierra. 27. Y creó Dios al hombre á su imagen, á imagen de Dios lo crió; varón y hembra los crió. 28. Y los bendijo Dios; y díjoles Dios: Fructificad y multiplicad, y henchid la tierra, y sojuzgadla, y señoread en los peces de la mar, y en las aves de los cielos, y en todas las bestias que se mueven sobre la tierra".

Pero no a martirizarlos y matarlos gratuitamente, seres de Su Creación son también. El señorío implica una responsabilidad en cómo se ejerce, sobre todo si es con seres indefensos, como la mayoría de animales. Como tú, aquí también me baso en criterios bíblicos.

Otra cosa es lo de ciertos activistas que pretenden "animalizar" al ser humano y presentarlo, más o menos, como un bicho más de la biosfera, algunos llegan a lo demencial.

Aunque, en este caso, a los nacional-progres de Cataluña está claro que lo que molesta y desagrada no es la crueldad con un animal, sino el calificativo de "nacional" que tiene para mucha gente la fiesta de los toros (aunque a mí me de vergüenza que, con la historia y tradición cultural tan rica que tiene España, esto sea lo “nacional”).

Sobre lo del catolicismo que rodea al toreo y las supersticiones pues qué decir. Este país es de los más idólatras del mundo. No solo con las imágenes, con los amuletos, con la superchería, con la superstición, con la suerte... cree seguir a Cristo, por parte de mucha gente, y, a la vez, le da culto a la “diosa Fortuna” (debe ser de los que más juegan a loterías en el mundo).

Sobre prohibir los toros o no, reconozco que me debato entre la preferencia de la pedagogía sobre la crueldad de este evento antes que las prohibiciones y el hecho indudable de que, si estuvieramos hablando de otro animal con el mismo nivel de sufrimiento que un toro, algo como esto tendría consecuencias penales.

Saludos.

José Enrique Carrero-Blanco Martínez-Hombre dijo...

Me estoy refiriendo a la falta de coherencia de algunos antitaurinos, que se dedican a otorgar derechos a los animales, derechos que no pueden ejercer porque no tienen capacidad para ello. Son animales irracionales. Y si concedemos derechos a los animales, entre ellos está el no castrarlos porque nosotros creamos conveniente vivir con ellos en nuestros domicilios, impidiéndoles cumplir su objetivo de procrear.

Y ya no digamos la mayor de las aberraciones que es que, entre los antitaurinos, nos encontramos a defensores del aborto.

Javier Solera dijo...

Me parece coherente la orientación que has dado a tu visión sobre las corridas.

Yo opino como tú. Dios ha creado a todas las criaturas, ¿cómo podría ser de otro modo, que no le repugne ver como una de sus creaciones es maltratada y exterminada de forma tan absurda y sólo por diversión?

Un abrazo.

que no te engañen dijo...

Los 300 ... Corrupción estructural en la Generalitat catalana

Es magnífico
http://www.ciudadanosenlared.com/foros/viewtopic.php?t=8834

Se entenderá la CORTINA de HUMO con la prohibición de toros a tres meses de las autonómicas.

Nómadas dijo...

Mike, amigo, esta gente entretiene con sus idioteces y abotarga a la opinión públicaq con debates estériles...los toros son una crueldad y el aborto un derecho. Pasamos de un extremo a otro sin inmutarnos y podemos ver a una panda de zoombies, tirados desnudos en el suelo y simulando la muerte taurina cuando jamás les veremos defender la dignidad de la vida humana. Es todo una paranoíca manera de hacer política. Los irracionales no son los toros y como decía el titular del Mundo: "Ganaron los animales".

Un saludo y gracias por estar ahí agitando conciencias.

samueldl dijo...

Tal y como lo planteas. Es el ataque al Símbolo. Es obvio que a esta tropa le importa un nardo el sufrimento animal. A la vista está como retozan de placer en los correbous mientras patalean y provocan al animal indefenso. O cómo no se pronuncian frente a la crueldad de las granjas de gallinas hacinadas que viven por y para nuestro beneficio. O la pesca y la caza. Es lo español lo que les duele.

LLegando más lejos aún, doblemente les trae al pairo que se pasen por la turmix miles de criaturas al amparo de la Ley del Aborto -esas sí que representan la auténtica indefensión- cuando son infinitamente más que los toros que mueren en las plazas.

Copio parte de una de las columnas de Juan Manuel de Prada de esas que sacan petroleo: sí nos gustaría, en cambio, resaltar un hecho paradójico que a todos los distingue, ya observado por Joseph Roth, en su novela La cripta de los capuchinos: «Siempre me ha parecido que los hombres que aman a los animales emplean en ellos una parte del amor que debieran dar a los seres humanos; y me di cuenta de lo justa que era esta apreciación cuando comprobé casualmente que los alemanes del Tercer Reich amaban a los perros lobos, a los pastores alemanes. ¡Pobres ovejas!, me dije».

Se puede decir más alto...

Un saludo!

Rufus T. Firefly dijo...

Se puede poner el ejemplo de los nazis, a los que les gustaban los perros, y también el de Iván el Terrible, que además de ser aficionado a la caza, solía tirar perros y gatos por las murallas del Kremlin y bajar a verlos morir. Por lo tanto, atribuir carácter inhumano a todo amigo de los animales es una generalización sin mucha base.
Es cierto que toda acción humana va a suponer un daño a otros seres vivos pero, para comernos la carne del toro´-que no es especialmente sabrosa- ¿hay que pincharlo y marearlo durante media hora?

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