6.12.18


En la década larga que llevo escribiendo en este blog, pocas veces he tenido alguna tentación de escribir o celebrar nada respecto a la Constitución Española de 1978.


Ni como cristiano creyente y practicante, ni como liberal, puedo estar satisfecho con esta constitución, ni con el desarrollo que ésta ha tenido a lo largo de estos cuarenta años, ni con el espejismo de libertad que los gobernantes, y nótese que cuando me refiero a “gobernantes” suelo hablar más de quienes están por encima de los políticos que de los propios políticos, han puesto ante nuestros ojos para ocultarnos lo que muchos no ven y otros tantos se niegan a admitir: que vivimos en un país que resulta ser el cortijo de unos pocos, que progresivamente y sin descanso, los ciudadanos nos hemos convertido en vasallos de un régimen que nos asalta, nos expolia y nos exprime del modo más miserable y vergonzoso, nos enemista entre nosotros, nos embrutece, nos manipula… y nos empuja a sentirnos agradecidos por ser hijos de un papa estado que, en realidad, se halla quebrado en todos los aspectos que se me puedan ocurrir.

¿Podría revertirse esta situación tan lamentable que vivimos?

Ayer en la noche escuché el editorial del César Vidal, en el que el comunicador comparte, de un modo mucho más completo y lúcido lo que yo pretendía y podría hacer, una serie de propuestas que, de haberse adoptado al principio de la democracia, a buen seguro nos presentarían ante el mundo como una de las naciones  más avanzadas, estables y prósperas de occidente:

Desaparición y aforamientos para garantizar la verdadera igualdad de todos los ciudadanos.

Desaparición de trato privilegiado a políticos y otras castas.

Desaparición de listas cerradas, para debilitar la posibilidad de que los partidos monopolicen la vida política

Liquidación de acuerdos con la Santa Sede y otras confesiones, cuyos costes siempre recaen sobre los contribuyentes

Promulgar la derogación de la actual ley sindical que convierte a los sindicatos en castas.

Establecer una justicia independiente lejos de la intromisión de los políticos.

Reformar el título octavo de la Constitución y devolución de competencias de Sanidad, Educación y otras al Estado para garantizar igualdad real entre españoles y mejor aprovechamiento de los recursos públicos.

Fortalecimiento de la Ley de iniciativa popular para promover la participación ciudadana como contrapeso al poder político.

El Tribunal constitucional debería volver a sus competencias y retirarse de toda injerencia política a favor de ciertos partidos.

Fomentar Nueva ley de incompatibilidades para políticos y servidores públicos.

Someter a la Agencia Tributaria al imperio de la ley para evitar su utilización con fines políticos.

Implementar una ley de limitación de mandatos a los políticos para impedir la perpetuación en el poder.

Esta visión pesimista que muchos compartimos no es, ni mucho menos, una justificación ni comparación sesgada de nuestro actual sistema con el anterior franquismo. Pero sí es una visión realista de lo que tenemos, lamentándolo aún más cuando pensamos en lo que podríamos haber tenido si el proceso de la transición y la llegada de la constitución hubiera tenido verdadera altura de miras por parte de sus responsables.

La actual quiebra del sistema es un hecho imposible de ocultar. No hay más que atender a la actualidad diaria para comprender que nuestra nación sobrevive entre los escombros de la moral, la ética y la dignidad que las castas y sus sicarios han destruido para su propio beneficio. Y si de suceder una verdadera regeneración, ésta no comenzará por la clase política ni por su dueña y señora, la casta formada por las grandes corporaciones. La regeneración de España debe iniciarse en el seno de la ciudadanía. En sus costumbres y forma de hacer y decir. En admitir los errores cometidos y en tener afán por remediarlos. Porque, ante una ciudadanía fuerte y digna, los políticos corruptos tendrían menos facilidad para dominarla como ahora lo hacen y sus dueños, los lobbies que les premian por sus servicios, se verían obligados a reconducir algunas de sus funestas estrategias

Así que, por mi parte, tengo poco que celebrar en este día de la constitución fabricado como otro producto más para contentar a una parte de la masa y enfrentar a la restante. Para mí será un día para compartir con mi familia y no ver un solo informativo en el que los políticos posen felices y satisfechos de sí mismos.

Editorial del La Voz de César Vidal. 5 de diciembre de 2018. Cuarenta años de la Constitución Española.



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