28.11.19


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Vivir en un país que suele ofrecer imagen de normalidad al visitante, pero que en realidad conforma una sociedad altamente corrupta a cualquier nivel que uno pueda imaginar, es un hecho que convierte el denunciar un caso de corrupción en una verdadera heroicidad.


Quien no haya pasado por la experiencia de investigar, descubrir y presentar documentación y evidencias en una comisaría, o por el hecho de ser testigo contra corruptos, siendo consciente de que, en cuanto todo eso estalle, uno se va a quedar prácticamente solo, no puede imaginar hasta qué punto hace falta ser muy valiente, o muy loco, para seguir adelante.

Porque, a partir del momento en el que el proceso de denuncia se pone en marcha, lo que el denunciante y el testigo pueden esperar con toda seguridad es que los corruptos descubiertos van a usar todas sus artes para tratar de paralizar el proceso. Y si esos denunciados son políticos de algún poderoso partido, o personas influyentes en su ámbito, o adinerados empresarios que disponen de medios con los que el denunciante y el testigo apenas soñarían, ambos, denunciante y testigo, comprenderán bien pronto que, o su caso va a parar a un juzgado en el que el juez es ciertamente independiente y honrado, o llevaran todas las de perder.

En cierta ocasión, colaborando en un programa de radio, comenté que en una España corrupta hasta la raíz, en la que prácticamente en cada estamento en el que uno levante la alfombra va a encontrar basura para dar y vender, el perfil de denunciante y de testigo pasa por reunir una serie de características de las que una es absolutamente imprescindible: tener espíritu de kamikaze. Es decir; ser muy consciente de que el fin más probable de la historia será el triturado y laminado del denunciante y del testigo en su entorno laboral y en no pocas ocasiones en el personal, si el enemigo es lo suficientemente poderoso como para contar con medios y contactos incluso en un mundo judicial de extrañas sentencias y afortunados culpables que suelen salir de rositas después de perpetrar grandes estafas, escandalosos desfalcos y desvíos de dinero, descaradas compras de voluntades y hasta algún atentado personal.

Roberto Macías
Hoy a eso de las 6.30 de la mañana, recibí por whastapp un link a un artículo de Moncloa en el que, además de recordar algunos sonados casos en lo que los denunciantes acabaron arrinconados por un sistema que protege mucho más al corrupto que al inocente, se centra en la experiencia por la que pasa un valiente que decidió enfrentarse nada menos que al sindicato UGT Andalucía, actuando como testigo en una investigación sobre una trama que desvelaría todo un entramado de facturas falsas demasiado similar y familiar para quien pueda conocer una pequeña parte de esos entresijos de sindicatos y partidos que rara vez trascienden al gran público. Y como suele suceder en España, donde una persona decente suele disponer de las mismas garantías legales y jurídicas que dispondría en Zambia en caso de que decida dar un paso adelante y enfrentarse a este maloliente sistema, el testigo, Roberto Macías, ex administrativo de la federación andaluza de la UGT, ha sido contra-denunciado por el sindicato presentando argumentos retorcidos que, curiosamente, un juez ha admitido a trámite para llevar al banquillo a Macías.

El fiscal de este clarísimo caso de contra-denuncia y persecución solicita 3 años de prisión y multa de 60.000 € contra el denunciado testigo, por supuestos daños morales al sindicato (como si un sindicato pudiera sufrir daños morales); sindicato que pide 4 años de cárcel; uno más que el ministerio fiscal. Pero, afortunadamente para Macías, éste cuenta con el apoyo que otros muchos no tuvimos  en su día, y en este caso concreto la Plataforma por la Honestidad reclama que cese esta persecución judicial por parte de un sindicato que no puede dar lecciones de honradez absolutamente a nadie y cuya última hazaña consiste en haber sido investigado por posible implicación en la trama corrupta recién sentenciada de los ERE de Andalucía.

La fiabilidad de nuestro sistema judicial es tan incierta que no podemos prever con un mínimo de acierto qué será del testigo Roberto Macías. Si será hallado inocente o culpable. De momento, estamos ante otro caso en el que una persona que se las tiene que ver, con sus propios medios, frente a una serie de sindicalistas bajo sospecha que, a buen seguro, cuentan con el apoyo del sindicato y no habrán tenido que desembolsar un solo € de sus propios bolsillos, con la ventaja que ello supone al disponer del dinero del contribuyente para hacer frente a los gastos de abogados y procuradores.

Una vez más, asistimos a la lucha de un solitario David contra un gigantesco Goliath de recursos inagotables. Y en una situación así, si uno está haciendo lo correcto, solo hay dos asideros posibles a los que sujetarse para no ceder. Confiar en Dios, y esperar que el caso caiga en manos de un juez que no se deje influenciar por abogados tramposos, que no se deje comprar con pérfidas dádivas, y que no se deje impresionar por amenazas. Algo no tan fácil de encontrar hoy día.

Si alguien siente curiosidad por conocer mi experiencia personal al sentarme en el banquillo como acusado por indeseables que esperaban tapar así sus amaños, puede acceder al siguiente link.


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