7.1.20


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Si Dios no lo remedia, el oscuro destino que le espera a España se ha confirmado de nuevo en la fecha de hoy, al ganar Pedro Sánchez la votación definitiva para su investidura con el apoyo explícito de Podemos y las abstenciones pactadas de los independentistas catalanes ERC y los proetarras Bildu. Pero, pensándolo detenidamente, ¿por qué Dios habría de remediar una situación que el conjunto de los españoles se ha empeñado en provocar desde hace tanto tiempo?


La prensa digital se ha extendido sobradamente en relatar los pormenores de lo que ha sido esta jornada de votación en el Congreso de los Diputados, y para compartir en este blog un resumen de titulares que describa lo que ha sido este día, añado los siguientes enlaces a OK Diario, que ha sido uno de los medios que más exhaustivamente ha seguido la sesión de investidura:











Ahora bien, ¿algún político o algún comunicador  tendrá la gallardía de plantear públicamente el por qué hemos llegado a esta situación? Seguramente, no. Porque ningún político ni comunicador del sistema pondrá en riesgo su pesebre enfrentándose al poder que le da de comer, y ahondará en el problema que España sufre desde hace años. Quien solamente se quede en la superficie de dicho problema, es decir, en los hechos que unos y otros políticos han demostrado durante los últimos tiempos, está negándose a ver la deplorable realidad que los gobernantes y sus amos han construido para nosotros y que nosotros, el pueblo español, hemos tolerado y aceptado a cambio de unas pocas raciones de pan y circo.

No es casualidad que una gran parte de votantes haya aceptado, de un modo u otro, la posibilidad de tener un gobierno de extrema izquierda en España precisamente cuando otros países se están quitando de encima lacras similares. La deconstrucción sistemática de nuestra sociedad, planificada desde el poder gobernante y ejecutada minuciosamente por sus sicarios de la clase política, periodística e institucional, no podía desembocar en otro resultado que no fuera reducir y triturar a la sociedad para convertirla en una escombrera moral, en un vertedero de la ética y en un cementerio en el que enterrar todo principio correcto y sano que pudiera suponer un estorbo para los fines de la agenda globalista y sus principales estrategias de actuación.

Si nos despojáramos de prejuicios ideológicos y de ataduras políticas podríamos verlo con toda claridad, pero la gran mayoría de la gente prefiere parapetarse en su propia escasez de miras para justificar así su sectario posicionamiento a favor de tal o cual partido y de una u otra ideología. El poder mantiene enfrentado a un pueblo como el español, que en no poca medida se halla sumido en una verdadera ciénaga de la que ya ni se molesta en intentar salir.

Un somero vistazo a la web del Congreso de los Diputados nos presenta una parte de la realidad que complementa a una imagen completa que no muestra nada nuevo hoy por hoy, ni augura nada halagüeño para el futuro. El hecho de leer los currículums de una mayoría de diputados es, de por sí, profundamente desalentador. No solo se trata de que apenas tienen preparación académica necesaria para representar un cargo de tanta responsabilidad como es el de congresista. Es que, por añadidura, un número bastante alto de ellos ni siquiera tiene alguna experiencia laboral digna de tenerse en cuenta para avalar a cualquier candidato a ejercer en una cámara de representantes, y que pueda refrendar con su voto leyes que afecten las vidas de millones de ciudadanos.

El envilecimiento de la clase política española, a la que los votantes, invariablemente, han provisto de carta de naturaleza legislatura tras legislatura, ha dado como resultado inevitable un ejército de políticos de todo pelaje a los que les une, como condición casi necesaria, un par de características muy fácilmente reconocibles.

Una, es la ausencia total de principios, cuyo vacío ocupa completamente una necesaria disciplina de partido que pasa por encima de toda necesidad de conciencia. El político, que vive de su partido, partido que vive del dinero de todos los contribuyentes, se convierte en sicario a sueldo de los intereses gobernantes que trituran toda posible consideración sobre el bien común. Las excepciones a tal cosa son muy escasas, y la más reciente es la  diputada Oramas, de Coalición Canaria, y su negativa a votar a favor de la investidura del falsario Pedro Sánchez. Ella ha preferido salvaguardar su propia dignidad antes que participar de la gran infamia que se ha vivido en el día de hoy y que quedará en la historia de España, aunque, a buen seguro, Oramas lo pagará perdiendo su cargo político.

Y la segunda característica es la falta total de responsabilidad frente a las propias acciones. Por encima de tal responsabilidad, aplastándola y anulándola, está la codicia personal y la seguridad de que, siendo obediente al partido y sus líderes, el político podrá solucionar económicamente su vida aunque ello suponga un severo perjuicio para los ciudadanos a los que debería representar del modo más honorable posible.

Como vemos en estos días; en realidad, como estamos presenciando desde hace tanto tiempo, la generalidad de la clase política que nos gobierna y representa no es más que un reflejo de la propia sociedad de la que proceden estos políticos. Así, de una sociedad degradada en sus valores más fundamentales no puede esperarse que provenga un común de políticos responsables y comprometidos con un proyecto de nación. Bien al contrario, la práctica totalidad de los líderes políticos y sus correligionarios no han demostrado otra cosa que ser unos perfectos falsarios, unos completos incompetentes, unos no disimulados corruptos, y unos enorgullecidos en su insultante vileza. Y aquí los tenemos a todos ellos. Un presidente y un vicepresidente a los que cualquier examen de hemeroteca les dejará como mentirosos, hipócritas y necios, rodeados de ministros con el mismo grado de falsedad y sectarismo y con idéntico objetivo de servir al globalismo que impone ideologías aptas para degenerados y abusadores, Y todos ellos arropados por un buen número de diputados y votantes que se niegan a sí mismos la capacidad de valorar las consecuencias futuras de sus actos.

Pero hay aún otra parte de la realidad que es aún más inquietante que la que ven aquellos que se niegan a reconocer lo que en realidad está sucediendo. España no ha tocado fondo todavía. La era del Gobierno Sánchez – Iglesias comienza ahora, y los resultados de un gobierno de socialistas y comunistas, apoyado por independentistas y defensores de terroristas, jamás podrán ser beneficiosos para la nación. En los últimos cuarenta años, nunca España habrá tenido un gobierno tan indigno como el que formará Pedro Sánchez, el socialista que ha preferido ser presidente pisoteando la sangre de los socialistas asesinados por ETA, y que admite como socio y vicepresidente a quien en el pasado denigró y acusó, con todo acierto, al partido socialista por ser el partido de la “cal viva” del terrorismo de los GAL y responsable durante muchos años de la podredumbre del Estado y de sus servicios de inteligencia. Un vicepresidente que se presentó ante el electorado como martillo de políticos de la casta, para convertirse poco después, él mismo, en parte de esa adinerada y acomodada casta de chalets caros y crecidos sueldos.

No. España no ha tocado fondo. Dure lo que dure esta legislatura, que muy posiblemente se prolongue hasta los cuatro años preceptivos, viviremos momentos muy amargos y situaciones que hace veinte años habríamos tenido por improbables en nuestra propia nación. Pero la sociedad lo ha permitido. La sociedad lo ha permitido lo ha fomentado aupando al poder a indeseables a los que siempre disculpa sus traiciones y falacias. Si Dios no lo remedia, las consecuencias de lo que hemos vivido en lo que va de milenio serán desastrosas en un cercano futuro.

Pero, pensándolo detenidamente, ¿por qué Dios habría de remediar una situación que el conjunto de los españoles se ha empeñado en provocar desde hace tanto tiempo?

¿No es esto lo que tantos votantes han preferido, a pesar de los antecedentes de sus políticos?

Así sea, entonces.


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