El silencio de los corderos

Siempre tengo la remota esperanza de que las personas preeminentes de este mundo hagan ejercicio de objetividad y honradez en las grandes ocasiones.

No me considero un mirlo blanco. Sé perfectamente que ser sincero no da votos. Y sin votos no hay posición de poder ni influencia.

He seguido con interés los informativos de televisión y radio, que estos días ha dado cobertura a los actos conmemorativos del final de la segunda gran guerra mundial.

Todos los dirigentes han posado muy bien. Y los discursos han sido enternecedores. Conmovedores. Desde el púlpito, los mandatarios han mostrado intenciones nobles y propósitos dignos, para que la humanidad no vuelva a entrar en ese oscuro valle de horror y oscuridad que marcó para siempre el destino de millones de personas.

A veces tengo la sensación de que hemos aprendido poco o nada de todo aquello. Bien es cierto que la historia la escriben los vencedores. Pero también es verdad que, con el paso del tiempo, ciertos intereses se encargan de manipular la propia historia para que resulte más benigna con ellos mismos.

Desde mi inocencia y candidez, dirán algunos, me hubiera sentido mejor; no sé, quizás mas reconfortado, si algunos de esos dirigentes hubieran hecho un ejercicio de humildad reconociendo que incluso las ideas que ellos han defendido también fueron causa de atrocidades.

Que el fascismo y el nazismo han traído muerte, tragedia y vergüenza al mundo no lo duda nadie que tenga sentimientos humanos normalmente constituidos. Lo que parece obvio es el olvido intencionado por muchos de que hay otras tendencias políticas y sociales que han sido criminales igualmente. No he oído criticas ni lamentos por la tragedia que vivió el pueblo soviético, desde 1917; cuando se suponía que aquellos “libertadores” traerían bienestar al pueblo, y lo sumieron en el desastre durante casi todo el siglo XX.

Pero hoy en día, en nuestro país, en esta sociedad global que nos toca vivir para bien y para mal, aquellos que lograron, con razón o sin ella, ser vistos como héroes de una época de falta de las libertades civiles mas necesarias, han conseguido remontar hasta la cima del monte de la “progresía” intelectual y social.

A veces parece cierto ese concepto sostenido por muchos que dice: “el pueblo tiene los gobernantes que merece”. Sé que es duro reconocerlo. Pero no creo que se pueda negar que en la historia reciente de España hemos tenido ejemplos claros de dirigentes políticos con una integridad moral y ética similar a la de un carterista. La diferencia es que el carterista roba y desaparece, pero esos dirigentes persisten en decir al pueblo lo que éste quiere oír, permaneciendo así en su posición de liderazgo.

Que Franco murió hace treinta años es un hecho, pese a los pocos nostálgicos que aun quedan, los que pretenden mantener viva su memoria de “Caudillo de España por la gracia de Dios” y los que no dejan desaparecer de una vez su recuerdo porque es un argumento del miedo que les funciona muy bien en campaña electoral.

Muy bien. Afortunadamente la dictadura finalizó hace mucho tiempo. Pero mi opinión es que si no ha desaparecido aún de la memoria colectiva es porque parte de esa progresía todavía resucita ese recuerdo para amedrentar al votante ignorante y fácil de manipular.

Es esa progresía nefasta que es capaz de atribuirse para sí la palabra “progreso”, como si los demás no quisieran progresar. Progresía que eleva a todos sus periodistas, actores, cantantes y otra fauna partidista, capaz de condenar la dictadura de Pinochet, la vergüenza terrible de Hitler y Mussolini, los abusos del ejercito israelí y la tiránica opresión del los Estados Unidos sobre todo el planeta. La misma progresía que desaparece de los medios cuando deberían mostrarse igual de convencidos para criticar la dictadura castrista en Cuba, los horrores de los campos de exterminio soviéticos, contra los judíos y disidentes políticos, o la brutal represión en cualquier país asiático que haya soportado al comunismo. Curiosamente, hasta los progres de este país han repudiado esa palabra. Significarse contra la invasión de Irak quedaba muy bien de cara a la galería. Así, de paso, se mostraban antiamericanos y a favor de las victimas de aquella guerra, pero yo, desde mi candidez, sigo esperando que condenen también las matanzas de Saddam contra los kurdos. Les veo llenarse la boca contra El expresidente Aznar, cosa que queda muy bien para ser progre, pero no pierden ni un minuto de su tiempo en preocuparse por el pueblo marroquí, que sigue viviendo en la edad media, como todo país islámico que se precie.

Que protesten con tanto ardor social y ecológico contra Corea del Norte con sus pruebas nucleares y su falta aplastante de libertades. Sería una buena forma de demostrar que son realmente objetivos.

Es la doble vara de medir. Pinochet no, pero Castro si. “Matrimonio” homosexual si, pero matrimonio heterosexual no, que casarse con papeles es una tontería. OTAN, de entrada no, pero de cabeza a la OTAN.

Son falsos. Tan abominables como pueda ser aquello que critican. Son el extremo que toca al otro extremo que aborrecen. Al final, ya se sabe: acaban por ser iguales unos a otros.

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