La vida sigue igual...

...cantaba Julio Iglesias hace muchos años. En algunos aspectos, la vida sigue tan igual, que por no adelantar nada, parece que nos hemos atrasado.

En los últimos años ochenta y en los primeros de la década de los noventa España quería ofrecer al mundo una imagen de progreso y modernidad que no había podido sostener durante los años anteriores.

Nuestra forma de ser y ver las cosas nos empujaba a reírnos de los extranjeros que no sabían localizar nuestro país en un mapa. Como si no existiéramos. Otros nos creían de raza árabe, asentados en el norte de África o bien como república bananera al sur de México.

Los europeos, más próximos a nosotros, nos imaginaban vestidos de toreros. Tanto es así que un periódico ingles publicó un documentadísimo articulo sobre las cuadrillas de toreros que todos los ayuntamientos españoles tenían contratadas para controlar a los toros que andaban sueltos por nuestras calles.

Por definición, todos los españoles que se preciaran de serlo eran bajitos, con pelo negro, toreros experimentados, consumados bailadores de flamenco y forófos del Real Madrid.

Nuestros ciudadanos mas exacerbados, henchido el pecho de fervor patrio curtido en las clases de formación del espíritu nacional, culpaban a los extranjeros de la incultura y estupidez necesarias para tener estos conceptos acerca de nosotros. Y algo de verdad había en ello. Hay que ser un poco bruto para no saber ubicar un país que ha sido clave en muchas situaciones de la historia de la civilización.

Pero también deberíamos reconocer, en honor a la verdad, que nuestra fama mas allá de nuestras fronteras era debida en buena parte precisamente a lo que éramos y lo que hacíamos.

Todo el mundo sabia donde esta Italia o Francia. Los norteamericanos se enteraban con extrañeza de que España no era un país de 5000 habitantes al lado de Venezuela, cuando venían a servir en las bases aéreas. Pero si sabían perfectamente donde encontrar Alemania o Irlanda en un mapa.

Lo que no es justo es que nosotros culpáramos a los de fuera por no conocernos tan bien como a otros. A lo largo de muchos años sólo nos ocupamos de que nuestra imagen al exterior reflejara flamenco, folclóricas y toreros. Al final uno acaba teniendo el aspecto de lo que muestra de sí mismo a los demás. Deberíamos decidirnos ya, de una vez por todas, si queremos seguir siendo “fandango y ole “ o dejar eso atrás, asumiéndolo como un folklore que solo identifica a parte de España.

Y si tan modernos queremos ser, deshaciéndonos ya del sambenito de la castañuela y la chapuza nacional, ¿porque seguimos enviando a Eurovisión una imagen que nos identifica con la bata de cola y las tardes de toros?

Volviendo al principio de este artículo, en los primero años 90, el mundo nos conoció de nuevo gracias a los juegos olímpicos, a la expo y a la capital cultural europea. Qué pena que en una de esas ceremonias retransmitidas para todo el planeta, tuviéramos que tragarnos el sofoco de ver a “Los Manolos” con guitarra en ristre y pantalones acampanados cantando canciones de los Beatles con tono rumbero.

Si es que nos puede la peineta. La llevamos clavada en el subconsciente. Y debe pesar muchísimo, porque este año nos ha hundido hasta el puesto vigésimo primero de bodriovisión.

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