
Gran G reaparece tras las vacaciones y logra eclipsar, en buena medida, el aluvión de noticias que iba a provocar la crisis económica al principio de Septiembre.
El asunto de las exhumaciones de las victimas de la guerra civil y del franquismo abre una nueva vía para el insulto y la demagogia fácil; cosa que era de esperar conociendo la fauna política y mediática que sufre España. Gran G, es decir, Garzón, decide ser el rey, la reina, los alfiles, caballos y torres de este sucio tablero de ajedrez que ha venido a ser la vida pública española. El papel de los peones queda reservado para los políticos. Unos partirán con ventaja. Otros tienen la partida perdida, hagan lo que hagan y digan lo que digan.
El Partido Popular vuelve a estar contra las cuerdas. A la escasa capacidad de sus líderes para hacer oposición – que es lo que más necesita este país ahora, oposición – se suma una nueva trampa urdida por la izquierda, maestra en buscar el momento oportuno cuando se trata de pescar en aguas revueltas.
Cualquier representante del Partido Popular que se muestre en contra de la iniciativa de Gran G, serán etiquetado de fascista, de nostálgico del “antiguo régimen”, de no querer condenar aquellos crímenes horrendos, de ser hijos del franquismo y todos esos topicazos que tan buen resultado electoral le han dado siempre al Partido Socialista.
Si, por el contrario, el PP se manifiesta a favor, los insultadores profesionales, con Blanco a la cabeza, aparecerán en los medios declarando que la derecha admite los crímenes cometidos por sus antepasados, con lo que quedaría demostrada la denuncia que el PSOE hacía ya desde el felipismo, metiendo en el mismo saco a todo aquél que no fuese de izquierdas.
¿Y quienes defendemos que, puestos a buscar muertos, debería hacerse con los asesinados por ambos bandos? Pues muy sencillo. Los que no permanecemos en la línea de pensamiento único impuesta desde Moncloa quedamos en el bando retrógrado, y punto. Prácticamente lo mismo que durante la era del último gobierno Aznar, que en vez de retrógrados se nos consideraba “molestos”.
Personajes como Negrín, Largo Caballero y otros tantos pro soviéticos con intenciones al uso comunista de los años treinta han escapado al juicio de la historia en España. Una de las muchas y malas consecuencias de la dictadura de Franco fue la posterior satanización de cualquier sector social y político que no pertenezca a la izquierda “progresista”. Y otra de las consecuencias nefastas es que aquellos que cometieron los mismos horrendos crímenes que los franquistas fueron perdonados, encumbrados y mitificados. Pocas veces en la historia reciente han salido tan bien parados algunos cuyas intenciones eran tan abyectas como las que se han denunciado de sus contrarios.
Parece que, treinta años después, el acuerdo del borrón y cuenta nueva al que llegaron la mayoría de las fuerzas políticas ya no vale. No sirve. Creo firmemente que, algún día, cuando de verdad fuera el momento oportuno, se debería desagraviar de algún modo a las víctimas de tanta barbarie, venganzas, odios y ambiciones que se dieron en aquellos terribles años. Pero, para ser honestos, se debería reconocer sin ningún temor, que cada uno de los dos bandos tuvo luchadores honrados que creían en aquello por lo que luchaban, al lado de verdaderos asesinos.
Los “paseos”, los fusilamientos en las cunetas y en las tapias de cementerios, los linchamientos, las rencillas familiares y vecinales que acababan en denuncias y posteriores asesinatos, existieron en ambos lados. Aquí, en Aragón, hay muchos pueblos que podrían contar ambas historias. Las que protagonizaron los “rojos” primero y las de los “nacionales” posteriormente. Y cualquiera que conozca un poco la historia de España reconocerá que, durante la segunda República, los desmanes cometidos por las facciones ultras, izquierdistas y derechistas, fueron igualmente horribles. Ganada la guerra por Franco, este estableció una dictadura militar férrea que puso en marcha un régimen de represión durísimo, sobre todo para los perdedores y posibles sospechosos de ser izquierdistas. Eso no puede negarlo nadie, ni conozco a nadie que lo niegue. Lo que sí se niega es que, al igual que los franquistas escribieron la historia a su gusto e interés, hoy la “progresía” que se viste de izquierda y que se aleja de la vida obrera a la menor ocasión repite el mismo fenómeno a su conveniencia.
En definitiva. Creo que Gran G se comporta de nuevo como un hipócrita y un incoherente. Ambas condiciones siempre van de la mano, precisamente porque una de las bases de la hipocresía es la incoherencia.
Garzón se afana ahora por volver al estrellato, pretendiendo desenterrar a los muertos de un lado de la carretera, como si los del otro lado, los de la cuneta de enfrente, nunca hubieran existido, tal y como conviene hoy a quienes necesitan desesperadamente que la sociedad no exija tanto que se resuelvan los problemas de los vivos, aunque para ello tengan que hacer revivir a los nietos los odios de sus abuelos. Veremos cómo se lo paga Gran Z, con Z de agradeZido.