13 de noviembre de 2008


Allá por aquellos años de la transición y la democracia recién estrenada, cuando los chicos de mi generación estábamos enamorados aún de Olivia Newton-John y los Ángeles de Charlie al completo, menos uno de mi clase que estaba colado por una de las locutoras del Telediario (él iba más por lo intelectual, supongo), el sufrimiento de un niño al que yo no conocía se quedó grabado en mi mente de tal manera que, casi treinta años después, sigo teniéndolo presente.


Recuerdo perfectamente su nombre y apellido, pero no creo que sea necesario citarlos. Basta decir que él tuvo la mala suerte de encontrar un paquete bomba que ETA había dejado donde él solía jugar con sus amigos. El chico saltó por los aires. Resultó gravemente herido y mutilado. Como en una película, veo ahora mismo a mi madre con los ojos llorosos, mientras en televisión informan sobre los detalles del atentado de ETA, que había colocado una bomba en una transitada calle de un pueblo vasco y uno de los niños que jugaba por las inmediaciones había sido gravemente herido. A mí me costó conciliar el sueño aquella noche. Y al día siguiente, en el instituto, el niño herido por la banda asesina era el centro de las conversaciones entre alumnos y profesores.


Hay algunos atentados de ETA que recuerdo más que otros. Supongo que será por mayor proximidad, o por las condiciones en que se dieron. Imagino que a todo el mundo le sucederá igual. Todos los atentados nos parecen horribles, pero algunos quedan en nuestra memoria más presentes que otros. En mi caso, por citar algunos, recuerdo muy bien qué estaba haciendo cuando supe del asesinato de Goyo Ordóñez, de la matanza de la casa cuartel de la Guardia Civil en Zaragoza, Hypercor en Barcelona, Miguel Ángel Blanco, Ernest Lluch, Irene Villa y su madre… y sobre todos ellos, recuerdo el del muchacho en cuestión.


Creo que fue un año después del atentado cuando se le hizo una entrevista para televisión. Posiblemente en algún Informe Semanal. La sociedad española se había volcado con él, convirtiéndolo en un símbolo de la sociedad vasca que sufría por causa del terrorismo. Hasta algunos líderes políticos que años más tarde se significarían sin paliativos como paladines de la ambigüedad proetarra, se dieron prisa en fotografiarse con el niño, visitándole en el hospital.


En aquella entrevista el muchacho demostró, sin quererlo, ser un auténtico héroe. Durante ese primer año del resto de su vida había sabido reponerse de los momentos de desánimo más amargos. No paraba de agradecer el apoyo que le habían brindado su familia y amigos. Su ídolo, Arconada, el portero titular de la Real Sociedad y de la Selección Española, le visitaba a menudo. Era tan aficionado al fútbol que lo primero que preguntó, al despertar en el hospital, fue el resultado del partido que había jugado la Selección.


Su caso, que tanta indignación levantó, no fue motivo suficiente como para provocar movilizaciones de repulsa a ETA. Ya en aquellos años, el miedo de los ciudadanos a sufrir represalias era bien patente, pero yo, con diez y seis años admiraba la determinación de aquél chavalín, cinco años menor que yo, que nos había dado una lección de determinación a todos. Así lo entendí y de ese modo lo escribí en mi primer artículo para la publicación del instituto donde yo estudiaba.


Asociado al recuerdo sobre este muchacho tengo otro de aquellos principios de los ochenta, igual de horrible, relacionado también con la banda asesina.


La Policía Nacional había localizado a unos etarras y hubo un tiroteo en plena calle. No recuerdo en qué localidad vasca sucedió, pero sí recuerdo la consecuencia trágica de aquellos disparos. Una bala perdida impactó en la cabeza de un niño de no más de cinco años, matándole en el acto. Pocos días después se hizo público parte del informe policial, en el que se demostraba que el proyectil no pertenecía a ninguna de las armas de la policía. Aún así hubo manifestaciones de aquellos que nunca corren peligro de ser apedreados, llamando asesinos a las fuerzas de seguridad y al estado español.


Curiosamente, la familia del niño sí que había aceptado el dictamen del experto en balística. Lo que me hace recordar todavía aquel episodio fue la actitud de una mujer de unos veinticinco años. Puede que fuera la madre del niño. O una hermana. El caso es que ella, con esa cara de búfalo que suelen tener casi todas las proetarras, frente a la cámara, sosteniendo una foto del niño sonriendo y vestido con traje típico, se quejaba de la muerte del pequeño sin condenar una sola vez al terrorismo, a ETA o a su entorno. En lugar de eso, con expresión de fastidio más que de dolor, protestaba:


“¿Y esto es la lucha armada? Porque si esto es la lucha armada que vengan y me lo expliquen. ¡Es que me han matao al crío! ¡Esto no es así, la lucha armada…!


En fin. Que parecía que sentíamos más la muerte del niño cualquiera de nosotros que semejante res con aspecto de ser humano…


Estos recuerdos han vuelto hoy a mi mente mientras leía otro mail de unos buenos amigos, sobre quienes escribí un artículo que llevaba por título “Agur Euskadi”. Creen que estos cuarenta años de atentados y extorsiones de ETA no han enseñado gran cosa a los políticos, que siguen usando a las víctimas como arma arrojadiza contra sus opositores. Creen que tantos muertos y heridos no han movido lo suficiente a la opinión pública para que esta, a su vez, pidiera masivamente a sus partidos que alcancen definitivamente un acuerdo sólido que acabe con ETA y su entorno. Creen que, cuando ETA estaba a punto de ser derrotada, gracias a los esfuerzos de un gobierno que no temió actuar con contundencia, la ambición de otros políticos permitió respirar de nuevo a los asesinos, proporcionándoles nuevas fuerzas para seguir matando y extorsionando.


Yo comparto la opinión de ellos, punto por punto.

6 comentarios:

Natalia Pastor dijo...

Les han vuelto a dar oxígeno, y me temo muy mucho,que en la próxima primavera y según se acerquen las elecciones vascas volverán a negociar.
El proceso de claudicación está en "tiempo muerto", no cerrado.
zETAp volverá a las andadas.

Caballero ZP dijo...

Me ha quitado el comentario Natalia. Te diré que yo tambien recuerdo muchos atentados, unos mas que otros. Como ejemplo te diré que el compañero de mi padre y vecino, saltó por los aires en Madrid la misma mañana que Irene villa y su madre, solo nos separaba una fila de coches que circulaban delante mia.
Saludos, gran post.

J. F. Sebastian dijo...

No recuerdo a la mayoría de ellos, son ya tantos años, demasiados, y quizás hay cosas que es mejor olvidar. Nunca a las víctimas. Mil vidas... ¿Y para qué?

Fernando Solera dijo...

ETA no se acaba porque buena parte del pueblo vasco, por acción u omisión, comprende a esta gentuza. Al nacionalismo vasco le viene muy bien contar con la ETA. Ya sabes, Mike, lo del árbol y las nueces de Arzalluz.

Sr. Hernández dijo...

Grandísimo post, me ha encantado. Es lamentable como los actos de unos cobardes han creado tanto sufrimiento.

Paco Rodríguez dijo...

Yo no quero entrar en polemicas absurdas de derechas izquierdas, pepes pesoes...

Pero el mejor arma que tiene la paz es el dialogo, me parece absurdo reprocharlo.

Ahora podremos decir muchas cosas, pero hay una que es mas verdadera, si se hubiera conseguido el final del terrorismo, ya sea con este, con los anteriores o con la madre que parió a todos, hoy en dia viviriamos en paz.

Salud.

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