Durante mi adolescencia recuerdo haber oído, allá en Santa Cruz de la Palma, historias sobre isleños que marcharon a Venezuela a buscar fortuna. Incluso llegué a conocer a uno de aquellos emigrantes que, ya bastante mayor, había vuelto a la isla para retirarse, después de décadas de duro trabajo. Él era de los muchos a los que les fue bien en América. Otros no tuvieron tanta fortuna, pero pudieron vivir y salir adelante. También los hubo que terminaron por pasar tanta necesidad como habían sufrido en España.

La imagen de aquel hombre que más viene a mi memoria es verle paseando, elegante con su pantalón blanco y guayabera azul claro, al mediodía, por la avenida, que es como llamamos en Santa Cruz al Paseo Marítimo. Por las noches aparecía en la Plaza de la Alameda, que por entonces era el lugar habitual de tertulias de atardecer, en aquellos años en los que la televisión aún no lo era todo, no existían los PCs ni las consolas, y leer libros era habitual entre los adolescentes.

Por aquél año 1980 tendría Santa Cruz apenas 15.000 habitantes, pero con un intenso tráfico que solo tienen esos lugares donde uno usa el auto hasta para ir a comprar el pan a la calle de al lado. Aquél Señor se había traído desde Caracas un espectacular Pontiac Sedan Convertible del 59 en verde y blanco, quizás como un recuerdo de sus años dorados, que a veces yo veía rodar por la Avenida, dirección al puerto.

Aquél anciano tranquilo y de modales de caballero era palmero por partida doble, como solía él decir. Palmero por haber nacido en La Palma, la Isla bonita como se conoce en todo el mundo, aunque él siempre dejaba claro que no vino al mundo en Santa Cruz, sino en La Breña. Y palmero porque, según comentaba, hubo un tiempo en que todos los canarios que emigraron a Venezuela, que fueron muchos, eran llamados palmeros aunque llegarán desde cualquier otra isla del archipiélago.

He conocido a mucha gente que vivió en Venezuela durante años. Todos me contaron que es un país con posibilidades enormes en recursos naturales. Pero algo no funciona en un país cuando tantos de sus ciudadanos salen fuera para buscar estabilidad y seguridad. La maldición que sufre Venezuela se llama Hugo Chávez. Esto es algo que no se escapa a nadie. Como Cuba, Venezuela tiene a buena parte de su población viviendo y trabajando en otras tierras. Estados Unidos, España y algún otro país de Europa como destinos de preferencia. Esta es una de las consabidas y más que comprobadas consecuencias del socialismo: el exilio provocado por la ruina económica, social y política inherente a éste totalitarismo.

La última de Chávez, el hombre que se cree la reencarnación de un Fidel Castro aún por morir, ha sido devaluar la moneda en un 50%. Asociada a semejante delirio, como no podría ser de otro modo, una nueva medida dirigida a obtener más control sobre los venezolanos: Habilitar líneas telefónicas para que éstos denuncien a los comerciantes que sean sospechosos de especular con los precios. Una puerta abierta a denuncias falsas y venganzas personales.

¿Cómo puede ser que Venezuela, con la capacidad de producción de petróleo que se le supone y los demás recursos naturales de los que dispone, esté literalmente al borde del abismo? Hugo Chávez lleva gobernando prácticamente una década. Demasiado margen de tiempo para seguir culpando al “Imperialismo Capitalista” de los males que aquejan al país.

No deja de ser una terrible paradoja que Venezuela, el destino de millones que buscaron prosperidad, se haya convertido en los últimos diez años en exportador de emigrantes, muchos de ellos retornados como hijos y nietos de canarios a las islas.

Ahora a Venezuela solo le queda esperar. Esperar que el peor presagio no se cumpla y que la situación no llegue a un enfrentamiento civil abierto por causa de la miseria que se avecina a toda la nación.

Cortes de luz diarios en Venezuela. 

El régimen de Chávez propaga la corrupción.

1 comentarios:

JOSÉ dijo...

Además, el Gorila Rojo amenaza a los empresarios. Dijo que si querían especular que especulen, pero que nacionalizaría sus negocios y se los daría a los trabajadores.

Añado otra pregunta a la tuya: ¿Cómo se puede crear empresas para generar empleo y riqueza cuando no existe seguridad jurídica?

Por cierto, dentro de poco me retiro de este ámbito bloguero definitivamente. Las razones están en mi bitácora.

Un saludo