13.7.19

Puede escuchar el texto al final del artículo.


Julio de 2018. Madrid.

“Con una temperatura así, esta terraza vale millones”, dice mi amigo sentándose en el otro sillón de mimbre, junto a la mesa.

Ambos miramos a lo lejos. Más allá de la estación la tormenta parece acercarse a buen paso y podemos ver claramente la cortina de agua bajo las nubes que avanza en nuestra dirección. Calculo que habrá unos cinco kilómetros de distancia hasta nosotros y que en uno hora la tendremos aquí, justo cuando yo salga para la estación.


Saco del bolsillo interior de mi chaqueta de verano un paquetito envuelto en papel de regalo con un lazo rosa. Ni en la primera terraza que estuvimos mi amigo me dejó pagar cuando llamé a la camarera, ni pude hacerlo en el restaurante, y casi ni puedo abonar la carrera del taxi. En previsión de todo eso, he traído desde Zaragoza algo que compré por internet y que mandé grabar en una joyería del centro en una chapita bañada en oro que acompaña al regalo. La dejo al lado de su refresco y abro la lata de Coca Cola que me ha traído de la cocina. No se da cuenta del paquete al lado de su vaso,

.- Lo que me comentaste Córcega…   ¿Crees de verdad que los idiotas aquellos eran delegados de la Open Society? - le pregunto, recordando la cantidad de noticias que últimamente acapara esta organización en los medios alternativos.

.- Al menos es lo que me dijo el servicio gabacho que me lo contó. La información se la pasó a él un tipo de la Unione Corse que, por orden de sus jefes, informa a Francia y a Italia cuando sucede algo que puede interesar a las tres partes.

.- Pero, ¿no hay constancia oficial de que el que se llevó los golpes fuera de esa organización?

.- Mira, Mike, No me j… . El día que haya constancia oficial sobre algún asunto de los que se cuecen por allí te invito a langosta, aunque la acompañes con eso, que te creo capaz – me contesta, señalando a mi lata. - ¿Por qué te interesa tanto?.

.- Trato de atar cabos sobre algo que me ronda por la cabeza. Pero no creo que pueda avanzar más por esa línea.

Miro hacia la tormenta. Está un poco más cerca. La temperatura ha debido bajar un par de grados más. Veo el termómetro digital que mi amigo tiene en un rincón de la terraza que siempre está en sombra. 22 grados. Me encanta.

.- Te he dejado un regalo al lado de tu vaso, especie de tarado. Ni te has dado cuenta. Mira a ver si te gusta o lo cambio por un paquete de papel higiénico, que igual te hace más ilusión.

.- Oigan a éste…  - Es una frase que se trajo de Colombia, donde vivió durante un año -  Oigan a éste… papel higiénico… - sonríe agarrando el paquetito. Ve el lazo rosa y  me pregunta con la mirada. Bajo el lazo hay una pequeña tarjeta, también rosa. El mensaje está escrito en mayúsculas, pero en letras más bien pequeñas, dado el tamaño de la cartulina. - ¿En rosa? – inquiere - ¿Ahora vas de eso del orgullo, tú también?

.- Oigan a éste pelao…, el orgullo dice… – contesto, tratando de imitar el colombiano de Medellín, fijando de nuevo la mirada en la tormenta.

Lee en voz alta.

.- “En rosa y con todo mi afecto. Pero mariconadas ni una. Ya me conoces. M.”

Sonríe. Guarda la nota con gesto cuidadoso en el bolsillo de su camisa. Desenvuelve el paquete dejando en la mesa el lazo, que escogí de color rosa por el simple hecho de que él lo detesta. En el interior hay una caja de madera, de tamaño algo mayor que el de un paquete de tabaco. Desliza la tapa. Dentro hay una plaquita dorada con una simple leyenda acompañando a una réplica de una condecoración cuya cinta lleva los colores del país que se la concedió y que sostiene una medalla dorada grabada con un distintivo alusivo al mérito por el que mi amigo fue condecorado. En el borde de la medalla, rodeando todo el motivo, figuran unas palabras en el idioma de ese país.

Lee la plaquita.

.- “Como la primera”.

Sonríe de nuevo, aunque en sus ojos hay un conato de lágrimas. Debe ser verdad que la edad nos ablanda. Saca la medalla y la sostiene en la mano, casi emocionado.

.- Te juro que no sé dónde pudo ir a parar la otra – asegura – pero para mí esta vale tanto como la original.  – Sigue mirándola, como si reviviera algún lejano recuerdo. De pronto parece volver a la realidad, recompone su habitual pose de tipo serio y me pregunta.

.- ¿Cuánto me darían por ella en Lavapiés?

.- Si incluyes la caja y la chapa, no más de 10 € - bromeo – Es lo que más vale del paquete… - reímos de buena gana. Luego callamos durante unos minutos. La tormenta está más cerca. Dos, quizás tres kilómetros. Se aprecia algún relámpago entre las nubes y la cortina de agua sigue siendo bastante densa. Ya respiramos ese olor a lluvia que tanto me gusta.

Mi amigo ha entrado al salón y ha depositado la caja abierta con la medalla en la estantería, al lado de la figura metálica que representa a la unidad especial desaparecida hace ya tanto tiempo. Sosteniéndose entre ambas, está de pié la nota en cartulina rosa con mi mensaje.

.- ¿Fueron buenos tiempos, eh? – comenta, ocupando de nuevo su sillón.  - ¿Te acuerdas de López, el de los pistachos?

Como para olvidarlo, a López. Un tipo de más de metro noventa, grande como un percherón. Las tiendas de frutos secos jamás tuvieron mejor cliente las dos semanas que coincidimos los tres en Sevilla. Siempre llevaba un puñado de pistachos en el bolsillo para ir picando a lo largo del día.  Mi amigo y yo nos reímos a carcajadas recordando una noche en que estábamos los tres sentados en la Plaza del Duque. Habíamos ido a cenar unas hamburguesas y a la vuelta hacia el apartamento decidimos sentarnos allí un rato. Se veía mucho turista, aunque faltaban casis tres meses para que diese comienzo  la Expo ’92. La gente en la ciudad no hablaba de otra cosa. Mi amigo y yo estábamos sentados en un banco y López permanecía de pie, frente a nosotros apoyado de espaldas a un árbol, masticando y con un cigarrillo encendido entre los labios mientras separaba la cáscara de otro pistacho. Charlábamos sobre lo que hacer. Ellos cruzarían el puente de Triana para llegar al edificio de apartamentos donde nos alojábamos, en la Calle Salado, y yo me acercaría un momento a una cafetería que quedaba frente a la Torre del Oro para saludar a un conocido que trabajaba allí.

De eso estábamos hablando cuando pasó cerca, entre nosotros y la parada de taxis, un coche de la policía local a marcha lenta. Eran las 11 de la noche, y estábamos muchas personas en la plaza, sentados o en pie, haciendo corrillos y charlando en variedad de idiomas. Los policías pararon el auto cerca de El Corte Inglés, bajaron y comenzaron a identificar a la gente aleatoriamente. López les miró por un momento y siguió fumando y pelando dos o tres pistachos más. Cuando los polis llegaron a nuestro lado uno de ellos nos miró y no debió gustarle cómo le mirábamos nosotros. “No la líes”, le había dicho yo a López medio minuto antes. “No la líes, que estamos muy tranquilos aquí”. Le conocía lo suficiente y estaba enterado de su aversión casi patológica hacia la policía. Siempre decía que al lado de la Guardia Civil, la pasma no pasaba de ser una banda de aficionados.

Uno de los Locales nos pidió nuestras filiaciones. Llevaba unas gafas de sol colgadas por la patilla en el bolsillo derecho de la guerrera y la visera de la gorra calada a la altura de los ojos. Seguro que le gustaba mucho el cine.

.- ¿En base a qué nos pide usted la documentación? – preguntó López muy calmado, sin levantar la vista.

.- En base a que somos agentes de la autoridad y que con eso basta – contestó muy serio el que parecía más mayor de los dos.

En ese momento, sonó bajo, pero perfectamente audible, un tono de confirmación de conexión a repetidor en el walkie que mi amigo llevaba bajo la cazadora y que había encendido al salir del burger donde habíamos cenado. El sonido debió dar que pensar al Local, porque pareció mirarnos mejor a los tres. Tipos más bien serios, pelo corto…., quizás asumió que éramos de la Nacional, o de la Civil. Qué se yo.

.- ¡Ah! ¿Es que ustedes son…?

.- Sí, Es que nosotros somos… - contestó López, que acto seguido soltó un quedo cuesco en dos actos, sin inmutarse. El Local más veterano miró atónito a López, quien le contestó, sin dar la menor importancia al hecho – Es el alma de un pistacho, que acaba de subir al cielo.

Y para acabarla de rematar, se dirigió al de las gafas de sol en el bolsillo y la visera hasta los ojos y le preguntó de improviso

.- ¿Oye, tu eres el poli marica de los Village People, no?

Los dos agentes dudaron por un momento y se alejaron desconcertados. Mi amigo y yo no podíamos parar de reír por lo bajo, con la cabeza agachada  y mirando hacia al suelo. Se me saltaban las lágrimas. Levanté la vista un momento. López fumaba, con expresión de orgullo, como si esa noche hubiera hecho la machada del siglo… Y yo no podía contener las carcajadas.

Como ahora, veintiséis años después. Riendo a mandíbula batiente como si fuera la primera vez que recordamos aquella noche.

.- ¡Demonios – exclamo – Sí que fueron buenos tiempos!

Cuando nos serenamos, termino la lata de Coca Cola y la dejo a un lado. Falta media hora para salir hacia la estación. No me gusta llegar justo de tiempo a ningún sitio. Vuelvo la cabeza y hecho un vistazo a la televisión. No sé qué programa se está emitiendo en ese momento, ni me interesa gran cosa. Lo que veo es un anuncio que siempre me hace sonreír, en el que una chiquilla llega a su casa llorando porque su novio la ha dejado. Su padre se sorprende porque ella tuviera un novio, pero le ofrece una pizza para consolarla. Cuando la están comiendo, él hace un comentario que a ella le recuerda a ese chico. La muchacha rompe a llorar y abronca al padre, que queda con cara de circunstancias. Reconozco que me encanta el anuncio. Las pizzas de esa marca están buenísimas, pero hace años que no las compro, por principios.

.- De hoy en un mes se cumplirá un año del atentado de las Ramblas de Barcelona – le comento a mi amigo, que asiente con la cabeza.

.- Otro horror más. Otro aviso. – Contesta – Cada vez que pienso en ese atentado me queda el resquemor de que quizás podrían haberlo evitado, de algún modo. Poco tiempo antes se recibió el aviso de que aquello podía suceder. Si se aclarase quién no hizo caso de la advertencia, y por qué, mucha gente abriría los ojos. Pero se han cruzado varias teorías por los medios de comunicación. El teatro de siempre para que la sociedad no sepa y le dé pereza querer saber. Y es muy posible que nadie lo sepamos nunca, o que algún diario lo publique dentro de 20 ó 30 años…

.- Hay dos detalles que llamaron muchísimo mi atención cuando se publicaron. – Le comento - El primero, que el dueño de la furgoneta que atropelló a los peatones, muerto de una cuchillada en el pecho y cuyo cadáver iba en el vehículo en el momento del atentado, tenía relación con ciertas ONGs. Un tipo que estaba limpio y que le cayó el marrón por casualidad, seguramente. Pero no es la primera vez que la sombra de algunas ONGs se deja ver cuando se investiga la autoría de atentados yihadistas en Europa. No como responsables, pero ahí están. La segunda, es que el cadáver del oficialmente autor de los atropellos… ¿recuerdas que fue abatido a tiros en los viñedos de Subirats?

Mi amigo arquea las cejas

.- ¡Toma! – exclama - ¡Vaya publicidad para Freixenet y Codorniu! – Se ríe.

.- ¿Ves cómo es mejor beber Coca Cola? – le sigo la broma – Escucha, el cadáver presentaba 25 impactos de bala por todo el cuerpo. Tanto en la cara como en las cervicales; Igual en los genitales que en los glúteos…,  vamos, que le dieron por todas partes. ¿Tú acribillarías desde todas las posiciones a un tío que llevaba un chaleco con explosivos, aunque éstos resultasen luego ser falsos?

.- Hombre… Yo me lo pensaría dos veces, a no ser que estuviese lo bastante lejos para tirotearlo con un subfusil o un rifle. ¿De donde era el terrorista?

.- De Marruecos. Todos de Marruecos, supuestamente. Pero en la versión oficial que posteriormente dio el consejero Forn en nombre de los Mozos de Escuadra había una posible falla. Los cinco terroristas abatidos en el Paseo Marítimo de Cambrils también portaban chalecos explosivos, que se verificaron como falsos. Se dice que esos chicos llevaban en el coche armas blancas solamente, incluyendo al que logró huir a la carrera como medio kilómetro, hasta que fue abatido también. Forn aseguró en su versión oficial que los terroristas buscaban morir en el ataque, llevándose con ellos por delante a cuantos policías pudiesen. ¿Realmente pretendían eso, cuando uno de ellos salió corriendo como un galgo, y todos ellos llevaban chalecos más falsos que el doctorado de Sánchez y solamente armas blancas? Hay quien piensa que a éstos también había que abatirlos para enterrar definitivamente la posibilidad de que alguno de ellos hiciera declaraciones ante un juez a quien podría darle por levantar la alfombra para ver cuanta porquería esconde debajo el encargado de barrer.

.- ¿No hubo detenciones también en Marruecos? – duda mi amigo.

.- Sí. Uno en Nador y otros dos en Uchda y Casablanca. El primero por apología de los atentados y por anunciar en las redes que él mismo atacaría la embajada española en Rabat.

.- Valiente imbécil. Igual pretendía saltar con otra furgoneta por encima del muro…

.- Los otros dos, parece que tenían relación con los que atentaron en Barcelona, pero después la policía marroquí ya no ofreció apenas información a los medios, y las autoridades Españolas tampoco. Ahora bien… ¿sabes qué me empujo a tratar de averiguar más sobre toda esta historia de Barcelona? Que un periodista que suele escribir y hablar sobre asuntos de inteligencia para medios españoles y extranjeros me dijo en Zaragoza que sospechaba que fueron argelinos los que de algún modo facilitaron la labor al grupo de chavales marroquíes para que éstos realizaran los atentados. Argelinos que no necesariamente pertenecían a algún servicio de su país, pero que sí tenían relación con radicales egipcios.

.-  Y si logras atar bien todo eso… ¿piensas publicarlo?

.- Lo veo complicado. Dudo que pueda llegar a desentrañar algo. Mis recursos son limitados y mis contactos escasos. Además, todo eso está muy reciente aún. Y ya sabes que cuanto más reciente, más oculto. Y vuelvo a lo que comentábamos antes… Los atentados fueron terribles. Provocaron el miedo y la confusión mediática que pretendían pero…, ¿ves cómo poco después los medios estaban más enfocados en si la visita del rey Felipe era conveniente o no, y si los que participaban en la cabecera de la manifestación de repulsa se miraban entre ellos o se negaban el saludo?. Un par de semanas después, Pablo Iglesias ya lograba distraer la atención con sus estupideces y Villarejo ocupaba casi todas las portadas cada dos o tres días. Yo quiero saber, pero me pregunto si merece la pena hacer el esfuerzo para que otros sepan.

Me levanto y estiro un poco los brazos, La tormenta está ahí al lado. Ya no se aprecian relámpagos, pero la cortina de agua cayendo es espectacular; de un azul oscuro difuminado, casi del mismo tono que las nubes. Entramos en el salón y recojo mi chaqueta mientras echo un último vistazo a la medalla. Definitivamente, es un buen sitio ahí donde está.

Se da cuenta y mientras él coge su cartera y sus llaves, me pregunta “¿Y la tuya? Con lo meticuloso que eres no voy a creer que tú también la perdiste en una mudanza. Esas cosas me pasan a mí, no a ti”.

En lugar de contestarle, le pregunto a mi vez

.- ¿Te vienes dando un paseo?

.- No; te llevo en el coche. Lo tengo abajo.

Cuando salimos del parking subterráneo dirección a la estación, comienza a llover. Al principio, poco a poco, pero hemos recorrido unos cien metros y la intensidad de la lluvia es ahora considerable. Hay muy poco tráfico, y mi amigo conduce con tranquilidad.

.- Los atentados de Barcelona y Cambrils…, y todo lo que fue pasando durante los años anteriores; los incidentes cada vez más habituales y más graves, la escalada de aleccionamiento yihadista en Barcelona y Tarragona… A veces pienso que hemos perdido la guerra. Que todas las veces que coincidimos por allá, en la costa…, no sé; todo ese trabajo, la de ocasiones que llegamos todos a jugarnos el tipo…, tengo la sensación de que no ha servido para nada. No puedo evitar pensar que unos pocos nos daban la palmadita en la espalda y a los de más arriba les importaba una m… lo que hacíamos y lo que nos jugábamos. Mira cómo acabó Musta años después. Me c… en todo… No llegó a cumplir los cincuenta.

¿Y qué le puedo decir a mi amigo? ¿Qué yo me siento igual? ¿Qué no puedo quitarme de encima esa pesada sensación de fracaso, sin importar lo bien que hacíamos nuestro trabajo?. Que los de nuestra generación ya vamos para viejos y que ya nada o casi nada podríamos hacer, aunque nos lo pidieran? España se está dejando invadir con el consentimiento de sus gobernantes, porque precisamente los gobernantes sacan partido de ello y por eso hace muchos años que son colaboradores necesarios de la traición. Si la ciudadanía tan solo conociera el sentimiento de desaliento que sufren muchos de sus defensores, porque ven cómo sus esfuerzos y sus éxitos apenas se traducen en mejorar políticas de protección para nuestra nación…; si la gente fuera consciente de eso, quizás reaccionaría. O quizás no. Porque el proceso de idiotización y aleccionamiento por el que pasan los españoles sin apenas ser conscientes de ello está funcionando a pleno rendimiento desde hace mucho tiempo. Y muy poca de esa gente se pone a reflexionar en serio y a preguntarse por qué después de tal o cual suceso los gobiernos han aprobado alguna ley que acaba por coartar libertades elementales y, con el paso del tiempo, logra aborregar un poco más a buena parte de la población en un sentido u otro, y siempre a conveniencia del poder. En los 80, la gente se indignaba cuando un delincuente entraba en comisaría y salía al día siguiente. Hoy eso les parece normal, porque ven a diario cosas mucho más graves y aberrantes. Una sociedad debilitada desde dentro es una presa muy fácil para los depredadores del exterior. No hay que ser un genio para llegar a una conclusión así. Francia, Bélgica, Alemania, Inglaterra…, están inmersas en un proceso acelerado de demolición social y debilitamiento previos a la imposición de ideologías autoritarias que acabarán con la poca libertad que le queda al individuo. Y después de décadas de atacar a la base social de esos países, la primera prueba de invasión civil en forma de  masas de emigrantes traspasando fronteras ha sido un rotundo éxito. No habría sucedido así 30 años atrás. Pero durante esos pasados treinta años nuestras sociedades han cambiado lo suficiente y hemos puesto a bastantes lobos a proteger al rebaño como para que ahora ya todo sea posible.

Queda una hora para que salga mi tren. Caminamos por la estación hasta el área de espera más cercana al acceso de pasajeros al AVE.

.- Tienes que publicar lo que averigües. – Comenta – Las cosas no pueden quedar así; como quedan siempre. Si los malos siempre están ganando, al menos que alguien lo sepa. Que la gente que quiera saber, que sepa que los malos no solo están fuera deseando entrar para quedarse con todo. Que sepan que también tenemos malos en casa y que muchos de ellos son de aquí. Imagina cómo se debieron quedar los que tanto trabajaron para capturar a parte de la cúpula de ETA cuando sucedió el chivatazo del Bar Faisán. Unos se juegan el pellejo por cuatro cuartos, otros les traicionan y encima se retiran con coche oficial y sueldazo al mes de por vida. ¿Has visto el monumento a las víctimas de la matanza del 11-M? Eso es todo lo que queda. Los que se beneficiaron de tanta sangre viven ahora cómodamente retirados de sus cargos y disfrutando de enormes sueldos en consejos de administración o en organismos internacionales a cambio de no hacer nada, excepto salir en alguna foto para escarnio de la gente decente.

Miro la hora en mi móvil, y advierto que me ha llegado un mensaje que estaba esperando con impaciencia. Puedo leerlo después en el tren.

.- Escúchame – pregunto a mi amigo – ¿Conoces aún a alguien en Barcelona con quien yo pueda hablar sobre todo esto? Tengo que ir por allí en dos semanas…

Piensa unos segundos y señala mi móvil.

.- Te enviaré su número por Telegram. Pero dame un par de días. Primero hablaré con ella para recomendarte. Te caerá bien. Es una tía con agallas. Mucho más joven que nosotros.


Cómodamente sentado, mientras el tren sale de Atocha, repaso los mensajes que he recibido durante estas últimas horas. Después abro el Chrome para consultar algo de prensa digital de la que soy asiduo, aunque poco creyente. Hace tiempo que no confío en casi ningún medio de información. Algunos son descaradamente partidarios y no lo ocultan, y otros, lo que aún es peor, han ido demostrando que no son lo que decían ser porque, en definitiva, se comportan exactamente igual que los anteriores, a los que critican.

Mientras el AVE gana velocidad, ya abandonando el extrarradio de Madrid y dejando atrás la lluvia, miro a lo lejos por la ventana y recuerdo lo último que mi amigo me ha dicho antes de darnos la mano y despedirnos.

“¿Te das cuenta que en esta década que ya termina estamos perdiendo la guerra contra el yihadismo justo en una de las regiones que los servicios más han protegido? ¿En la región que lleva tanto tiempo despreciándonos a los demás españoles? ¿En la que se cree superior a las demás y la que más recursos expolia? Ellos han abierto la puerta a una inmigración que acabará por aplastarles. Una inmigración que se sirve de ellos mientras recibe todo lo que se le niega a los que no son independentistas. Y sus políticos son tan despreciables y miserables que no les importa que ya les hayan montado un atentado con unos cuantos muertos y heridos. El independentismo catalán moviliza a los suyos contra nosotros, que no somos sus enemigos, y abraza a los que acabarán por degollarles sin no se avienen a celebrar el Ramadán, llegado el momento. Vamos perdiendo, Mike; pero ninguno de esos políticos se atreve a decirlo. Les va el sueldo en ello”

Durante todo el viaje voy tomando notas en el editor de texto de Android sobre esta última conversación. Confío mucho en mi memoria, pero no quiero pasar por alto detalles que me parecen verdaderamente importantes.

Una llamada interrumpe mis anotaciones. Es mi amigo.

.- Telepizza – contesto – ¿Cuál es su pedido?

.- Mike, oye; que olvidaba decirte una cosa…, mira, en dos días comienzo con la quimio. Nada importante. Parece que hay algo en el colon que no les gusta a los de la mutua.

Me quedo realmente impactado, aunque no quiero que él lo note. Me habla con el mismo ánimo de siempre y asegura que todo está controlado. Bromeamos un poco, antes de interrumpir la conversación. Le aseguro que si hubiera bebido más Coca Cola y menos ponzoñas alcohólicas ahora estaría mucho mejor y casi tan guapo como yo. Le advierto que le visitaré en unos meses, pero que hablaremos muy a menudo a la salud de mis llamadas ilimitadas de Jazztel. Quedamos en que le llamaré en dos o tres días para que me cuente cómo irá iniciando el tratamiento. “Te enviaré eso por Telegram”, me recuerda.

En el momento de cortar la comunicación me invade un sentimiento de tristeza e inquietud difícil de describir. Yo aún no lo sé, claro está. Pero ya no volveré a verle con vida.



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