2.12.19


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Corría por la España de mi más tierna infancia, digamos desde finales de los 60s hasta la muerte de Franco, el mito de las “suecas”. Podría decirse que en cuanto a lo geográfico, era un mito genérico. Las chicas altas y rubias del norte de Europa que venían a las playas españolas del final de la dictadura y que tenían absortos a los rodríguez patrios podían ser noruegas, danesas, alemanas, holandesas…e incluso suecas.



Las “suecas”, para serlo, debían cumplir un par de requisitos indispensables, tal y como se reflejaba fielmente en las películas de lo que alguno denominó acertadamente como el periodo del “Landismo”. Debían ser guapas y rubias, e imprescindiblemente altas y esculturales. Si algo fallaba en ese conjunto, no eran “suecas”. Eran extranjeras que estaban “muy buenas”, pero no eran “suecas”. Y así, aquél mito de las “suecas”, al principiar los 80s, quedó en el olvido al tiempo que España se modernizaba y la estatura media de las nuevas generaciones crecía visiblemente. Mito que había contribuido a apuntalar especialmente la imagen paradisíaca que no pocos españoles tenían de los países escandinavos, donde el bienestar económico y la tranquilidad política y democrática creaban una imagen de aquellas tierras como de un lejano planeta donde todo era más libre, diferente, moderno, adinerado, y por supuesto, abarrotado de “suecas”.

Y no fue hasta un tiempo después, cuando los españoles comenzaron a consumir más medios de información de los que habían conocido hasta entonces, que conocieron la Cara B de aquellas sociedades nórdicas. Un lado oscuro que en cualquier país convive con la imagen idílica que uno pueda hacerse desde el exterior. Un lado oscuro que, en el caso de los países nórdicos, es el resultado de un ambiente preponderadamente gris y escaso de sol durante buena parte del año y de una personalidad colectiva que sus habitantes han creado en torno a un modo de vida social que, en comparación con los países más al sur, es mucho más frío y distante de lo que es habitual en la franja central de Europa y en el área mediterránea. Un modo de vida de los países escandinavos que les coloca en los lugares altos de la clasificación de los países donde la tasa de trastornos mentales es  elevada.

Han pasado muchos años. De Suecia ya no llaman la atención las suecas. Lo que ahora se exporta desde allí es el producto de una sociedad fría y acomodada en el infantilismo  de las nuevas generaciones occidentales, crecidas en el exceso y en la ausencia de solidos principios morales y éticos. Una sociedad fría y acomodada que está dando como resultado una juventud que se rige a tiempo completo por emociones y que sigue a iconos prefabricados a golpe de selfies, redes sociales y mucho sensacionalismo.

El producto exportado se llama Greta Thunberg. Un personaje cuyas fotos publicadas muestran a una niña de 16 años más bien menuda, con una cabeza bien grande y un aura de permanente cabreo no disimulado. Todos conocemos ya a Greta. Los medios hacen caja con sus correrías climáticas por la ONU, con sus asistencias las jornadas internacionales de la cosa catastrofista y con sus ocurrencias ideadas por quienes la manejan en las redes sociales para seguir rentabilizando su tirón mediático de niña asperger en defensa del planeta.

Los patrocinadores del negocio de la histeria climática han hecho balance y los resultados son realmente buenos. Santa Greta de Soros, a la que algunos católicos desnortados han comparado ya con su virgen María, es un producto que se vende bien entre un público concreto que abarca desde los medios de información arrodillados ante el dinero y la ideología globalista hasta la adolescente generación que aún estudia secundaria y que admira a la niña sueca porque se pega media vida sin asistir a sus clases, viaja por medio mundo y aparece en los medios envuelta en un halo heroico muy estudiado.

Como todos los productos del mercado, Greta  tiene sus detractores. En mi caso, la considero como algo parecido a un bebedizo de dos efectos. Uno, laxante; y otro, vomitivo. Si el consumidor es medio idiota, unas pocas dosis de los discursos de Greta le provocarán tal diarrea mental que lo mantendrán a la fuerza encadenado a una suerte de inodoro intelectual. Pero si quien consume la pócima es una persona con sentido crítico, de las que no se dejan llevar por modas repentinas ni iconos inmediatos, la reacción será el vómito inmediato de unos argumentos climáticos que no volverá a ingerir jamás.

En cualquier caso, el producto Greta Thunberg se vende tan bien que la factoría Soros está preparando para su lanzamiento una segunda versión de la niña sueca. Nada menos que su hermana menor, llamada Beata Mona Lisa. Y no es broma. Se llama así. Este producto alternativo de Greta también presenta problemas psicológicos, como su hermana mayor, pero se diferencia del anterior en que su obsesión no es el catastrofismo climático, sino más bien un feminismo devenido a feminazismo victimista. Así que, con semejantes mimbres, este nuevo cesto tiene todos los puntos para ser también un rotundo éxito de ventas entre esa juventud morada de puño en alto que lincha a presuntos violadores blancos con el mismo empeño que ignora a delincuentes sexuales de otras etnias.

Beata, ahora con 14 años, apunta maneras bajo la mirada protectora de su madre, una cantante que llegó a representar a su país en Eurovisión y cuya canción llegó a ser tildada de esquizofrénica porque hablaba de un personaje que oía voces en su cabeza. Según explica la cantante en un libro recién publicado sobre su familia a la sombra de la fama conseguida por Greta, su hija Beata no quiere jugar a las cartas porque la dama nunca gana al rey y detesta relacionarse con chicos en el recreo de su colegio porque son más ruidosos que las chicas en una sociedad dirigida por las estructuras del patriarcado. Y como la familia Thunberg se ha demostrado como un verdadero filón para la civilización progre, hay quien ha visto las posibilidades que Beata reúne para ser un nuevo icono y ya está siendo promocionada como cantante en la televisión sueca. Así que, cuando la niña sea suficientemente conocida y haya causado el impacto necesario, seguramente será catapultada al circo internacional de la política alternativa, de los medios de comunicación y de los foros internacionales globalistas como la versión feminazi de su hermana mayor.

Si alguien piensa que todo esto es casual, le animo a que recapacite. La agenda globalista se asienta principalmente sobre siete pilares. siete líneas de actuación de ámbito mundial que transcurren sospechosamente juntas: feminismo, que hoy ya nada tiene que ver con los principios del feminismo verdadero por haberse desplazado hacia el radicalismo; expansión la inmigración ilegal, especialmente si proviene de países islámicos; aborto, no sólo como herramienta para control de la población, también como método de deshumanización del individuo; pedofilia, para hipersexualizar a la infancia desde el principio de su vida; LGBT, como tendencia a imponer para control de la población y exaltación de la sexualidad por encima de todo; eutanasia, como el aborto, para control de la población y deshumanización de la sociedad, y cambio climático, como método de implantación de nuevos hábitos de consumo y manipulación de masas por medio del miedo.

Desde los años 90s hemos asistido al periódico y cada vez más vehemente resurgir del debate de sobre la eutanasia. Hemos visto cómo los medios de comunicación, los partidos políticos y todos los organismos nacionales e internacionales han favorecido y potenciado la corriente LGBT con creciente imposición sobre la sociedad. Hemos sido testigos de cómo el aborto ha ganado en aceptación incluso en sectores sociales que por sus supuestas convicciones deberían rechazarlo. Estamos sufriendo en nuestros países una estudiada y progresiva invasión del islam que ya en algunos países muestra su violenta cara atentando contra la ciudadanía que les ha acogido. Soportamos el empacho que los medios provocan con sus continuamente fallidas previsiones sobre un cambio climático que se ha convertido ya en secta. Aparece ante nuestros ojos una corriente paralela a la LGBTI que pugna por normalizar la pederastia “consentida” por el menor incluso en el seno familiar. Y nos enfrentamos a diario con noticias que muestran el odio enconado que el feminismo provoca y predica desde las mujeres hacia los hombres.

Parece que ahora estamos en una nueva etapa de la agenda globalista en la que la utilización de ídolos adolescentes da sus frutos, arrastrando a los jóvenes hacia tendencias sobre las que no mostraban ningún interés, como es el caso del cambio climático. La aparición de Greta Thunberg vino seguida inmediatamente de organizadas manifestaciones de estudiantes en varias capitales del mundo. Y quienes están detrás de Greta saben que los jóvenes son inconstantes, de modo que la mantienen constantemente en el escenario, llevándola a foros y conferencias, cuidando incluso los detalles del transporte ecológico, para que el fenómeno Greta siga vivo.

¿Toca ahora llevar el ultrafeminismo a las masas adolescentes? Todo parece indicar que sí. Beata Thunberg está en fase de preparación. Solo falta que papá Soros chasquee los dedos, y en poco tiempo las niñas y jovencitas se unirán a las mayores en su lucha por despreciar al hombre entre teñidos de pelo, puños en alto y gritos de odio. Y cuando la cosa funcione, a buen seguro que la factoría Soros ya estará perfilando al personaje menor de edad que querrá morir con el apoyo de medio planeta, o el que clamará por su derecho a mantener relaciones sexuales con adultos porque el amor es amor y lo demás son condicionantes hetero patriarcales que le han arruinado su corta vida.

Y, si no, al tiempo.



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