Ahí te quedas

La panorámica de Tierga que se nos presenta al girar la ultima curva es un todo espectáculo. El pueblo se asienta sobre una montaña rocosa que culmina en los escasos restos de un castillo. Al pié de la montaña, la carretera dirección Trasobares, hacia Soria y el río Isuela bordeado de arboledas, eras y más montañas.

Creo que actualmente tiene alrededor de doscientos sesenta habitantes. Antaño, según me contaban hace treinta años los viejos del lugar, que paseaban con mi abuelo arriba y abajo, el pueblo llegó a alcanzar mil doscientas almas. Además de la vid, olivo, almendra y agricultura de huerta, la ganadería lanar fue tan importante que venían varias cuadrillas de esquiladores en temporada para hacerse cargo del corte de lana. Se alojaban en cualquiera de las fondas del pueblo. Leí en alguna parte que Tierga llegó a ser Villa de los pueblos de los alrededores, tal fue su preponderancia en la comarca. Después llegó el empobrecimiento y la despoblación progresiva, como tantos y tantos pueblos.

En mil novecientos setenta y uno mis padres compraron allí una propiedad a orillas del río y edificaron una casa sobre los restos de un antiguo molino. Desde entonces “El Molino” - como llamaban los del pueblo a la nueva casa - fue hogar de vacaciones para toda la familia e invitados. Recuerdo veranos, siendo niño, en el que nos juntábamos veinticinco personas. Los “enanos” nos perdíamos por los campos y el río para jugar durante todo el día. Solamente aparecíamos por la casa para comer y dormir. Para nosotros era un paraíso.

Pasaron los años. Los chicos fuimos creciendo. Como adolescentes, ni mis primos, ni mi hermano, ni yo, vimos mas aliciente para seguir pasando vacaciones y fines de semana en aquel lugar. Seguramente estábamos mas interesados en la música del momento, nuestras citas, estudios... Así que El Molino se quedó sin niños. Solamente los adultos acudían con asiduidad, durante los ochenta y los noventa.

Volví casado y con hijos. La historia comenzaba de nuevo. Seguía siendo un paraíso de tranquilidad y vegetación. Fue como volver al pasado. Pero ya no era lo mismo. Algunos de nuestros mayores faltaban de nuestras vidas y en ese lugar notábamos aun mas su ausencia. Aún así pudimos disfrutar en muchas ocasiones de días de descanso y volvimos a oír niños corriendo y jugando por los alrededores de la casa y la orilla del río.

Ahora, esos niños ya han crecido. Tampoco les interesa El Molino. Ayer me llevé algunas cosas que estamos sacando de la casa. La hemos vendido a alguien que la usará como primera residencia. El sentimiento que tuve ayer fue extraño porque, en contra de lo que suponía, no sentí apenas nostalgia por despedirme de El Molino.

Quizás fue el lado malo de mi persona el que afloró mientras recorría las habitaciones, los salones y la cocina. No sentía demasiado cariño. Seguramente debido a que los recuerdos materiales que realmente me importan de mis seres queridos están ahora en mi hogar. Siempre comenté con mi esposa que era una pena que semejante casa no estuviera mas cerca de la ciudad. Si hubiera sido así, hubiéramos vivido en ella definitivamente. Pero esta en un pueblo perdido de las estribaciones del Moncayo. Sin cobertura de móvil y con pésima recepción de televisión. Además, no quiero a ese pueblo. Conocí en el a personas formidables. Algunas tampoco están ya y otras no las veo desde hace veinte años. Insisto que el pueblo es precioso, pero no nos ha tratado bien.

Durante todos estos años; unos treinta y cinco, hemos sufrido siete robos en la casa. En uno de ellos solo se llevaron una alfombra de baño y unas latas de la bodega. En lo que se refiere a destrozos, pues jardineras rotas, macetas apedreadas, farolas, el contador de la luz tirado en la acequia. Las bicis rotas varias veces. Alguna puerta apalancada. Últimamente un muro derrumbado para llevarse ladrillos.

En total, y que yo sepa o recuerde, unas treinta y siete veces.

Treinta y siete veces que tuvimos que oír que eso no lo hacia la gente del pueblo. No, claro. Vinieron de algún pueblo de los alrededores a llevarse dos mil kilos de leña, claro. Con tractor y remolque. O la antena de televisión, que posiblemente vinieron a propósito desde Calatayud a llevársela, claro. Y tantas y tantas cosas que debieron romper o robar los de Trasobares, Illueca, Morata o Mesones. Claro. Nunca los de Tierga.

Volveré una vez más, dentro de un mes. Me llevaré lo poco más que me interesa y que ya no pude meter en el auto ayer. Tengo dos acuarelas panorámicas del pueblo pintadas por uno de los mejores acuarelistas de España; mi tío Siro. El y su esposa y sus hijos – mis primos - tambien iban por El Molino. Tío Siro pintó en muchas ocasiones parajes de tierga y alrededores para sus exposiciones por todo el país. No deja de tener gracia que un canario de Santa Cruz de la Palma afincado en Barcelona haya hecho más por la imagen de Tierga que la inmensa mayoría de los del pueblo. Es igual. Si hubiera tenido ahí una casa para pasar las vacaciones, seguramente también se la habrían saqueado los de “los otros pueblos”, que los de Tierga no hacen esas cosas.

Así que, después de todo, cada día seguiré viendo ese espectáculo que se nos presenta nada más pasar la última curva, con el pueblo asentado sobre una roca que culmina con los restos de un castillo. Lo veré sobre dos cuadros magníficos en el salón de mi casa y los recuerdos serán gratos; de familia y amigos.

Por lo que resta, ahí te quedas, Tierga. Que disfrutes de tanto hijo decente.
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1 comentarios:

Anónimo dijo...

Hola,yo soy de Tierga y no estoy de acuerdo con lo que dices.Nos estás tratando de ladrones y no es verdad.Yo creo que a vosotros (a tú familia)siempre se os ha tratado cómo a unos señores y creo que habeis sido unos privilegiados por el mero hecho de ser abogados.
Yo te conozco personalmente y a tú hermano también.No me puedo creer que no sentirás más nostalgia por este pueblo.De lo que estoy seguro es de que te arrepentirás de haber vendido esa casa por cuatro pesetas.Un saludo.