
Hay momentos que, por su trascendencia, quedan grabados tan íntimamente en nuestros corazones, que vuelven una y otra vez a nuestro recuerdo a lo largo de los años.
Momentos como el asesinato de Miguel Ángel Blanco y la liberación de Ortega Lara son absolutamente significativos pala la historia de España, del mundo y de la lucha por la libertad.
Cuando esta mañana oí en Onda Cero que Ingrid Betancourt y otros rehenes habían sido liberados, pensé que estaba oyendo la crónica de un suceso histórico. Sentí admiración por todos ellos y no pude por menos que dar gracias a Dios por el fin del sufrimiento en el que han tenido que vivir durante tanto tiempo. También me sentí feliz por sus familias, sus amigos y por todos los que, en la medida de nuestras escasísimas posibilidades, hemos aportado nuestro granito de arena en la red y otros medios para que la historia de estos rehenes del terrorismo no cayera en el olvido.
Casi cada hora estuve oyendo los informativos de radio, durante el resto de la mañana, para conocer más de talles y, en realidad, para confirmar que todo era verdad. Que no se trataba de uno de tantos rumores que corren como la pólvora hoy día para provocar diferentes noticias. Pero era cierto. Ingrid estaba libre, junto a otros prisioneros.
Tengo una segunda lectura de lo sucedido. No sé si será acertada, o si será el momento apropiado para exponerla, pero es lo que siento. Pienso que este hecho es una pelea más que
Algunos hablan ya del posible principio del fin de la narcoguerrilla colombiana. Quizás esto sea dejarse llevar por la euforia, pero no me cabe duda de que este es el deseo de cualquier persona de bien. En todo caso, en un deseo legítimo y bueno. Y me gustaría que fuera, al mismo tiempo, un aviso para los tibios y los fríos; los que nunca han condenado abiertamente a los terroristas, amparándose en ambiguas ideologías populistas que nunca han salvado naciones ni pueblos, ni los han redimido de la pobreza.
Hoy Colombia es un poco más libre y todos nosotros también.