

No se puede hallar la paz, la concordia ni el progreso minando los principios correctos de una sociedad. Es imposible. Nunca dio resultado bajar la cabeza y arrodillarse ante un enemigo sanguinario, esperando clemencia y tolerancia. Es una lección tan vieja como la historia del hombre. La renuncia a la defensa de dichos principios correctos es dejar la puerta abierta a las pretensiones de aquellos que desean imponer su criterio sin importarles la sangre que derraman ni las vidas que arruinan.
Zapatero abrió la puerta hace mucho tiempo y cuanto más pienso en ello, más convencido estoy de que tiró la llave porque tenía la intención de no dar un solo paso atrás para volver a cerrarla, por mucho que los acontecimientos le quitaran la razón. Lo más penoso es que el paso del tiempo no le ha quitado la razón, precisamente porque los acontecimientos han constatado que no la ha tenido nunca. Ni en materia de economía, ni en política social, ni en educación.
Esta última, la educación, que debería ser una de las parcelas más esmeradamente cuidadas por todos los gobiernos que hemos tenido en democracia, ha sido de las más maltratadas y peor gestionadas. El deterioro del sistema educativo ha sido tan intenso y prolongado que el nivel medio del alumnado está literalmente por los suelos, tanto en lo que se refiere a conocimientos como a preparación humana y educación. Nadie puede negarlo con argumentos veraces. A la vista está. No hay que escarbar mucho para encontrar a universitarios con una escandalosa cantidad de faltas de ortografía en sus exámenes y con tales lagunas en su cultura general que me provocan escalofríos cuando pienso que algunos llegarán a puestos de relevancia y responsabilidad, y no precisamente por su preparación académica.
En el colmo del absurdo, cultivado durante décadas, buena parte de este alumnado ha recibido su “educación” en comunidades autónomas donde los partidos nacionalistas están absoluta e irremediablemente infiltrados en los respectivos sistemas educativos. Alumnado que aprende – quizás sea pretencioso usar este término – la historia de su comunidad que han fabricado los gobiernos autónomos a su medida e interés. El mismo hecho histórico, suficientemente manipulado por gobernantes y docentes partidistas, llega a ser radicalmente distinto en Aragón y en Cataluña, por ejemplo, aún habiendo compartido ambas comunidades, junto a otras varias más, buena parte de esa historia de España que tanto interesa alienar. El uso abusivo de idiomas locales ha contribuido además a fomentar enemistad entre comunidades, como un instrumento más para lograr lo que tan bien describe el dicho “divide y vencerás”
En mi opinión, todo lo antedicho es un cúmulo de errores – errores en su resultado, pero estrategias en su puesta en marcha – que ha derivado en un auténtico desastre social, del que creo que su reparación es ya poco menos que imposible.
Pero si hasta ahora habíamos asistido a esta disolución social de España – disolución que se niega por sistema desde varios colectivos, a pesar de que los resultados están bien a la vista, tales como los alarmantes índices de toxicomanía, delincuencia, absentismo y diversas patologías mentales y comportamientos asociales en contra incluso de la propia familia – con un desinterés apabullante, no parece que nos vaya a hacer reaccionar tampoco la bien estudiada estrategia de aleccionamiento definitivo del individuo que el gobierno Zapatero instauró prácticamente desde el momento en el que llegó al poder.
La controvertida asignatura de Educación para la Ciudadanía, arropada no solo por el ejecutivo, también por medios de información afines, editoriales y hasta iconos de la progresía que no parece que vayan a ser padres ni madres en sus vidas, puso de manifiesto, desde su proyecto inicial, hasta que fue aprobada por la mayoría del congreso de los diputados, que las maldades e insidias atribuidas a aquella pretérita asignatura de urbanidad y a los manuales de formación del espíritu nacional bajo los que se educó toda una generación de españoles durante el franquismo, se quedan en una mera anécdota frente a los nuevos principios que ZP impone para dejar definitivamente claro que los españoles de hoy, o los ciudadanos del estado español de hoy, o los nacidos y residentes en el estado español plural en cada una de sus singularidades de hoy, deben sentirse, entre otras muchas cosas, poco menos que culpables de la historia de España, culpables por ser europeos, culpables por ser occidentales, culpables por no vivir en una parte pobre y deprimida del mundo y culpables también por vivir en un país en el que, pese a quien pese, todavía existe una cierta libertad de elegir opción política y religiosa, entre otras.
Afinando un poco más, parece que dicha asignatura también pretende que los alumnos cuyos familiares sean militantes, simpatizantes o tan solo votantes del Partido Popular, lleguen a sentirse incómodos y culpables porque tal partido es el responsable (de momento al cincuenta por ciento, pero en unos años veremos que al cien por cien) del fracaso de las negociaciones de paz con ETA, de que a la violencia y al terrorismo etarra no se le denomine abiertamente “conflicto vasco”, de que a las organizaciones afines a los asesinos haya que ilegalizarlas, desechando por tanto sus idearios democráticos y de que
Si nadie lo remedia, pasadas una o dos generaciones, estas enseñanzas de “ciudadanía” y aleccionamiento especifico en contra de un partido político habrán calado bien hondo en lo que quede de lo que hoy conocemos como España, tal y como se ha asumido, por poner algunos ejemplos, la paradisíaca convivencia social de
En estos tiempos que nos toca vivir, cuando las generaciones jóvenes adolecen de una cultura general firme, de una preparación humanista que es tan necesaria para dirigirse en el propio comportamiento cotidiano, y de un hábito de esfuerzo y sacrificio sin el que no es posible conseguir nada verdaderamente importante, hay quien ha comprendido que dichas generaciones ya están preparadas para asimilar la influencia necesaria que les eduque en el relativismo moral y ético más superficial, en la irresponsabilidad más conveniente al consumismo incontrolado y en la falta de principios que impidan, aunque solo sea por un breve momento, reconocer que los que matan, los que señalan a las víctimas, los que aplauden a los asesinos y los que les juzgan con ambigüedad a conveniencia son los únicos culpables de los casi mil muertos que llevan a sus espaldas.
Tales serán las consecuencias de estos planes de EPC. Y los responsables de semejante despropósito, Zapatero, su equipo de gobierno, sus medios afines, las editoriales que sacan tajada con la publicación de estos manuales y, en definitiva, quienes les sostienen con sus votos y quienes se muestran indiferentes, por interés o cobardía.