
La imagen de Zapatero no puede aguantar más desgaste. Ni una sola de sus promesas electorales se ha cumplido, ni parece que se vayan a cumplir. Ninguna de sus “estrategias” sociales, diseñadas para librarnos de esa gran crisis que no existía, parece que vaya a ser eficaz.
Las noticias económicas desmienten a diario las banalidades, las mentiras y las elucubraciones del doblemente fracasado ministro Solbes. También a diario, toma forma lo que ya advirtió Pizarro, una de las mentes más lucidas del panorama español, durante sus debates televisados en la pasada campaña electoral. Incomprensiblemente, el único argumento que Solbes tenía en su contra – que Pizarro es rico y, además, catastrofista – caló tan hondo en cierto tipo de electorado, que la posibilidad de llamar a la razón a los españoles y abrirles los ojos ante lo que se avecinaba quedó definitivamente enterrada en las urnas.
Pero así sucedió. Rodríguez Zapatero ganó las elecciones y, encumbrado en su pedestal, aseguró que su victoria era la prueba irrefutable de que la derecha, además de franquista y nostálgica (tópicos que en España siguen funcionando hoy igual tan bien como en el 82), era catastrofista y antipatriota. Esta euforia casi patológica, más la alegría añadida de ver como el Partido Popular parecía descomponerse en luchas internas que fagocitaban a quienes que eran más molestos a la izquierda, enmascaró durante un tiempo el huracán económico que amenaza con arrasar la economía y dejarla como un campo de batalla.
Si durante la legislatura anterior el aparato de propaganda del Partido Socialista funcionó a la perfección salvando la imagen pública de ZP ante contingencias similares a las que tuvo que sufrir el PP, al que desgastaron en buena medida, bien por su mala respuesta a la hora de solucionar ciertos problemas, bien por la movilización mediática de ciertos medios interesados en cobrar posteriores favores, en esta legislatura, que lleva funcionando poco más de cien días, la imagen fabricada de un Zapatero optimista y capaz de afrontar cualquier dificultad ya no se sostiene, excepto en los ambientes y medios que verdaderamente necesitan que dicha imagen no caiga.
Y para conseguirlo, la táctica pasa por que ZP no tenga que comparecer próximamente en el congreso para explicar, o intentar explicar, el grandísimo lío que él mismo ha facilitado con respecto a la financiación de las comunidades autónomas. Si la democracia española funcionara con un mínimo de garantías, el Presidente debería comparecer en bastantes ocasiones más, para contestar a los requerimientos de los demás partidos acerca del cúmulo de estupideces en que ha convertido la política de su gobierno. Pero, de momento, el primer paso ya está dado. Quien haya querido dejarse engañar, habrá pensado que el ejecutivo se reunió durante el pasado fin de semana, interrumpiendo sus vacaciones, para planificar medidas a tomar frente a la recesión que se avecina. Nada más lejos de la realidad. A parte de anunciar medidas ridículas e ineficaces, a las que el tiempo pondrá en su sitio justo, se desvela hoy que el mayor esfuerzo del gobierno se ha dirigido a conseguir un acuerdo con ICV para que, al retirar estos su requerimiento, Zapatero no quede expuesto a incómodas preguntas en el Congreso de los Diputados. Gracias a la incoherente postura de Iniciativa per Catalunya els Verds, el presidente se escapa de la quema, poniendo en su lugar a Solbes, a quien todo parece resbalarle y quien cada vez más parece un peón a sacrificar en esta partida de ajedrez en la que parece que nadie va a ganar, pero sí todos vamos a perder.
¿De qué modo cobrará ICV el favor concedido a los socialistas?. No tardaremos mucho en verlo. ¿Quizás Extremadura retirará la querella que tiene interpuesta contra Lluís Suñé? Puede ser, pero me parece poco pago para tan grande favor. Insisto en que pronto veremos el resultado del acuerdo, pero para encontrar la moraleja no hace falta esperar tanto. La tenemos bien a la vista. Los ideales de partido pueden ser como un cheque destinado a un soborno. Firmado y en blanco.