Paul Newman, uno de los grandes.


Eran otros tiempos. Los más jóvenes no los han conocido, pero en aquellos años de la transición el buen cine era habitual en televisión. Recuerdo aquellos sábados, después de comer, cuando me quedaba clavado frente al televisor, impaciente por que terminara de una vez el telediario, esperando saber qué película tocaba para es día.

Poco me importaba que fuera de gángsters, o un western, o bélica, o alguna comedia de los cincuenta y sesenta. El caso es que me las tragaba casi todas y los protagonistas eran, para mí, personajes de toda la vida, aunque alguno de ellos ya no viviera en aquellos años setenta de mi infancia.

Paul Newman era, por supuesto, uno de mis actores favoritos, junto con Bogart, Cary Grant, Spencer Tracy y tantos otros que ahora son absolutos desconocidos para los más jóvenes.

Mi primer encuentro “serio” con Newman fue en los Multicines Buñuel de Zaragoza, allá por 1983, siendo yo un adolescente que se encaminaba poco a poco hacia la mayoría de edad. En una de las salas proyectaban Dos Hombres y un Destino en versión original sin subtítulos. Así que, cuando vi la cartelera de cine en el Heraldo de Aragón, me decidí de inmediato. Aquella película me gustó tanto que la vi dos veces más durante aquella semana, y una cuarta vez, doblada al español, en la semana siguiente. No fue lo mismo. No quiero desmerecer con mi opinión al actor de doblaje, por que en España los hay muy buenos. Pero no fue lo mismo sin la voz de Newman.

Desde aquél entonces, y cada vez que tenía ocasión – que no eran muchas – procuraba ver las películas de Paul Newman en filmotecas o reestrenos. The Hustler y el inolvidable Minnesota Fats interpretado por Jackie Gleason y The Mackintosh Man con un Charles Manson casi pétreo, son algunas de mis preferidas, sin despreciar en absoluto The Sting, de nuevo coprotagonizando con Redford, The Cat on the hot tin roof, con un espectacular secundario Burl Ives, o The long, hot summer, cuya segunda versión se encargaría de destrozar en los ochenta el encumbrado e inmediatamente caído desde lo alto de Miami Vice, Don Johnson.

Con toda seguridad, lo que me atrajo también de él fue su habilidad y determinación para separar su faceta de actor y famoso de su vida privada. No fueron muchos los actores que se atrevieron a “poner en su sitio” al sistema de Hollywood y a llamar a las cosas por su nombre. Newman supo separar su propia intimidad y la de su familia del espectáculo mediático que él tanto despreciaba.

Necesitó nueve candidaturas para poder ganar el primero de sus dos Oscars, lo que no deja de ser una prueba del extraño criterio que sigue, a veces, la academia de Hollywood para premiar a los mejores actores. En el caso de Paul Newman no cabe el tópico “ha muerto un hombre, ha nacido un mito”. Él ya era un mito desde hace mucho tiempo. Y un ser humano excepcional, que invirtió tiempo y recursos en ayudar a los necesitados, sin publicidad ni vanagloria.

Se va uno de los de siempre; de los de toda la vida. De esos que, cada año que pasa, van desapareciendo de este mundo, dejándonos su arte como mejor recuerdo. Alguien se preguntaba ayer noche, en un programa de radio, si alguno de los actores jóvenes que hoy son famosos dejara el mismo recuerdo, dentro de treinta o cuarenta años. Yo creo que no. Que aquella generación de actores que nos acompañó, muchas veces en blanco y negro, cuando éramos niños, durante aquéllos sábados de cine que ya no existen, son irrepetibles.

Hoy, el buen cine de aquellas lejanas décadas se asoma a la televisión en algún espacio retrospectivo emitido a las tres de la noche, compitiendo con los programas de sorteos, de crucigramas y de pornografía por SMS. Triste destino en la programación dominada por el escaso gusto y el histrionismo consumista, que lanza al aire productos estrella que caen en el olvido al poco tiempo de desaparecer de las programaciones. Lo de Newman, como otros, es un caso aparte; porque sus películas aguantan el paso del tiempo.

4 comentarios:

Andrés Álvarez dijo...

Estoy de acuerdo, antes el Cine era concebido como un Arte, ahora más bien como un producto de consumo con el que ganar dinero.

Saludos.

Caballero ZP dijo...

Estoy de acuerdo con todo lo que dices, yo también recuerdo esa época donde casi todo el cine era bueno, donde se solían transmitir unos valores y donde el ambiente familiar para ver una película era único. Desde luego se nos ha marchado uno de los grandes.
P.D: Me ha hecho gracia ver la foto de mi amigo Enric Sopena, no sé si sabes que me dedico dos titulares cuando el asesinato de Isaías Carrasco.
Si no lo viste puedes buscar Enric Sopena en el blog.
Saludos

Anónimo dijo...

Yo también recuerdo aquellos tiempos de cine en televisión.

Me ha gustado muchísimo el blog.

J. Santos dijo...

Van desapareciendo todos. Es ley de vida. Me ha gustado mucho el artículo.