1 de septiembre de 2008


Comienza Septiembre y, para la mayoría de los españoles, una nueva temporada en la que volver a sus obligaciones. A lo largo de esta mañana, cada vez que escuchaba algún fragmento del programa “Herrera en la onda”, había alguien hablando acerca del asunto más importante del día: el síndrome post vacacional.

Durante la tertulia de las nueve de la mañana, en las conexiones locales, en la hora de los fósforos, donde ha sido el tema del día para los oyentes, y durante la última hora y media, en la que varios colaboradores e invitados han opinado también de lo mismo. Un verdadero peñazo de programa, como no recuerdo otro desde hace mucho tiempo

También ayer, último día de agosto, los noticiarios de televisión que pude ver emitieron los reportajes recurrentes de cada año sobre las depresiones de fin de verano, así como diferentes programas de los que veía algún momento, haciendo puro zapping.

A partir de aquí, pido disculpas por si alguien puede sentirse ofendido por su caso particular. Vaya por delante que mi opinión va dirigida a un hecho, digamos, general.

Cada año que pasa estoy más convencido de que vivimos en una sociedad más caprichosa, más débil y más estúpida. ¿Es el síndrome postvacacional una verdadera patología, que en algunos casos desemboca en depresión? ¿Estamos hablando de un verdadero trastorno, o se trata de un fenómeno que los medios han contribuido a dar forma, y que la sociedad entera ha acabado por asimilar y admitir?

Mi parecer es que sí. Que nos enfrentamos a un fenómeno de nueva creación, del que ni se hablaba hace no demasiados años. A punto de cumplir cuarenta y tres, no recuerdo que hace treinta, ni veinte, ni apenas más de diez años se le diera tanta importancia al hecho de terminar unas vacaciones más o menos largas, dejar de vivir sin hacer prácticamente nada que no sea descansar o dedicarse a actividades de ocio y volver a las obligaciones cotidianas que, bien mirado, son las que nos permiten tener vacaciones anuales. Volver al hogar era algo que prácticamente a nadie le gustaba hacer, pero llegar a disgusto a casa, a caer en una depresión, hay mucha diferencia.

Muchos años atrás, las consultas de los psicólogos y psiquiatras recibían la visita de personas que se encontraban desesperadas precisamente por no tener un empleo que les permitiera tener una vida normal. Eso si que lo entiendo. Lo que no termino de comprender es, precisamente, que suceda todo lo contrario; que hoy día tengamos incluso que oír consejos, a todas horas, en radio y televisión – por no hablar de la prensa – para que no caigamos en la trampa de una depresión al encontrarnos con lo que fue nuestra vida hasta hace tan solo unas pocas semanas.

Veo en semejante lío un fenómeno parecido a ese que nos alerta de lo mal que nos estamos alimentando, para convencernos de que debemos comprar y consumir ciertos productos complementarios. En lo penoso de nuestro aspecto, que nos empuja a adquirir un gimnasio portátil que sustituye completamente al que tenemos debajo de casa y al que dejamos de asistir al tercer mes de matricularnos. O en lo realizados que nos vamos a sentir si, como cada septiembre, iniciamos una colección de fascículos que se acompaña de un galeón por piezas, una casa rústica o una serie de coches de los sesenta, que dejamos aparcado cuando comprobamos que de un Euro con noventa y nueve que costaba el primer número, estamos pagando cinco con noventa y nueve por el quinto.

Entiendo que a mucha gente le disguste dar por terminadas sus vacaciones y volver a su ciudad, a sus clases (cuidado, que los niños ahora también sufren este nuevo síndrome) y a sus trabajos habituales. Una de dos, o la mayoría de los ciudadanos han llegado a creer que cada vacación va a ser eterna, o hay interés en que muchos se dejen arrastrar por esta corriente de debilidad que, según los que llamaban esta mañana a la radio, se les aliviaría rápidamente si les tocase un buen premio a la lotería o una buena herencia de algún familiar desconocido e inmensamente rico. Como en las películas.

Lo que sí tengo absolutamente claro es que si fuéramos un poco más consecuentes con nosotros mismos y lo que nos rodea, el “síndrome post vacacional” no pasaría de ser una anécdota de final de vacaciones, que no aparecería ni en los diarios gratuitos.

4 comentarios:

Al Neri dijo...

Extraordinario enfoque. Efectivamente la sociedad cada vez es más débil, más blandita y está menos acostumbrada a los sacrificios. La gente no sabe lo que es sufrir de verdad.

A mí me jode volver al curro, como a todos, y sobre todo el dominfo antes de incorporarme me pongo de mal humor. Quizá el primer día estás un poco más desorientado y perezoso, pero eso es todo, y no por ello hago un mundo de la vuelta al curro.

josevillano77 dijo...

Lo bueno es que como gracias a Zp dentro de poco nadie va a tener trabajo,la gente dentro de nada tendrá tantas vacaciones que nuca tendrá síntoma...O no tendrá vacaciones...
Hablando en serio,coincido contigo plenamente, esta sociedad de imbéciles que hemos creado,se queja de vicio..Cada vez mas blandos,mas sensibles,mas inútiles...

J. Santos dijo...

Tienes toda la razón. Al pan, pan y al vino, vino.

Hispanicus dijo...

El hombre se está amariconando a paso agigantados...

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