11 de noviembre de 2008


“Para feria internacional, se necesitan azafatas liberadas para stand de primera marca”


Así rezaba el anuncio en el apartado de ofertas de empleo, en la ciudad donde yo vivía entonces. Hablo de un tiempo en el que no existía internet ni la telefonía móvil. Yo era un modestísimo colaborador de un programa de radio de una cadena con cobertura nacional.


El recuerdo de aquél anuncio estuvo martilleando mi cabeza durante todo el día. Me parecía un asunto del que merecía la pena hacer un pequeño reportaje y confiar en que los directivos de la casa lo encontraran suficientemente interesante como para darme permiso para emitirlo en el programa nocturno en el que yo participaba. Al fin y al cabo no dejaba de ser chocante que algún expositor de dicha feria se sirviese de prostitución encubierta para vender mejor sus productos


Al día siguiente, grabadora en mano, aproveché todo mi tiempo libre para visitar la hemeroteca del periódico en el que aparecía el anuncio y tratar de contactar con las personas que pudieran darme un poco de luz sobre el asunto.

Antes de llamar al teléfono de contratación de “azafata liberadas”, logré hablar con el subdirector de la organización de aquella feria internacional, mérito que no está del todo mal para un simple colaborador. Me dijo que no tenía ni idea de ese anuncio en el periódico, pero que si era cierto lo que yo le comentaba, no estaba dispuesto a que el buen nombre del certamen estuviese en entredicho. Que la dirección no toleraría que la fama internacional de esta feria no pudiera verse varias frases más de esas que quedan tan bien. Sonaba falso.


Convencido de que aquel tipo conocía perfectamente la práctica, por parte de algunos expositores, de satisfacer a sus mejores clientes con prostitutas, llamé a casa de una amiga, periodista de verdad, no como yo, simple aficionado, para pedirle un pequeño favor. Que ella llamara al teléfono del anuncio para informarse de las condiciones de trabajo como azafata liberada.


Dicho y hecho. Mi amiga se prestó encantada, solo con una condición: que ella pudiera publicar el reportaje en la revista donde trabajaba, respetando dos semanas posteriores a que yo pudiera presentarlo en mi programa nocturno. Un buen trato.


De aquella llamada, en la que mi amiga puso todo su arte de persuasión, pudimos averiguar que el número en cuestión pertenecía a una agencia de señoritas de compañía, con sede en uno de los edificios más representativos de la parte vieja de la ciudad. La señora que atendió a mi amiga – digamos la jefa – pregunto una serie de cosas tales como edad, medidas, peso, color de cabello, experiencia profesional en el “ambiente”…etc.

Pareció que la jefa estaba interesada por este nuevo fichaje. Insistió en verla al día siguiente; a lo que mi amiga contestó afirmativamente, pero inquiriendo a su vez sobre el tipo de trabajo que se ofertaba.


Sin ahondar en los pormenores, la jefa explicó que el trabajo era “sencillo”. Las señoritas seleccionadas tendrían que estar presentes en stand de la marca que contrataba a su agencia, vistiendo uniformes de la marca y estando a disposición de algún cliente que pudiera ser interesante, según el criterio del responsable del stand. El sueldo por permanecer en el stand, dejándose ver, era bastante abultado para aquellos años; más una cantidad equivalente por cada cliente que comprase los servicios de la marca. Un dineral, en definitiva.


Al día siguiente, saqué un poco de tiempo libre después del trabajo para ir a los estudios de radio y poder editar el reportaje. Sobre una idea general, plasmada en tres o cuatro líneas, pues nunca me ha gustado hacer radio “encerrado” en inacabables guiones, logré enlazar un espacio de veinte minutos, relatando desde el momento en que leí el anuncio en la sección de colocaciones, hasta el final, en el que cuestionaba la práctica habitual de acudir a servicios de prostitución para conseguir objetivos comerciales, y menos en una feria internacional de renombre.


En el montaje final de este reportaje publiqué todos los datos necesarios para que los oyentes se hicieran una idea de este sórdido aspecto del mundo comercial, aunque omití los nombres de la marca que contrataba prostitutas, de la agencia que las proporcionaba, del responsable de la feria y de cualquier otra persona que pudiera verse comprometida.


Además, como el asunto era más bien escabroso, hice una copia de la maqueta y la entregué al responsable local de la cadena de radio, para que me diera su opinión.

Y vaya que si me la dio.


Al día siguiente fui a visitarle a su despacho. Faltaban unas horas aún para el inicio del programa en el que yo colaboraba.


No me recibió con agrado, precisamente. Aunque tampoco me extrañó, dada la fama de antipático que arrastraba. Cuando le dije “buenos días” me contestó lo que yo menos hubiera esperado: “¿Cuántas copias tienes de esta cinta?”


Las necesarias. – le dije.


Guardando la casette en el bolsillo interior de su chaqueta, me disparó a la cara: “Haz lo que te salga de los c…., pero si esta noche emites esta basura, mañana vienes a por el finiquito.” Y fijó la vista en unos papeles que había sobre su escritorio, consultándolos, para fingir indiferencia.


“Mañana pasaré a firmar el finiquito, entonces. Adiós.”


No debió ser esa la respuesta que esperaba, el antipático. Sin levantar la vista de los papeles, me amenazó directamente


“Si sacas esto al aire no trabajarás en ninguna otra radio de la ciudad. Eso te lo juro por mis muertos.”


Me quedé de piedra. Esto se parecía mas bien a una película de gangsters…


El programa salió al aire esa misma noche. Fue mi pequeño momento de gloria, si es que hubo alguna gloria.


Recibimos un montón de llamadas. Recuerdo una en concreto de una chica que había trabajado como “azafata liberada” para un congreso de informática y nuevas tecnologías. Fue un buen programa. O eso me pareció a mí.


A las diez de la mañana siguiente, volví a los estudios para firmar el finiquito y recoger la birria de cheque que me correspondía. Las chicas de administración estuvieron amables conmigo, como siempre. Una me dijo, bajando la voz, que le había encantado el programa. “Gracias – le contesté – ya ves lo que he conseguido”


Con el cheque en mi bolsillo y a punto de salir de administración, se abrió de golpe la puerta del despacho del antipático.


“¡No te molestes en pedir trabajo en otras emisoras! Hoy mismo llamaré a todas para que ni te reciban!” chilló. “¡Te acordarás de mí!”


Le contesté con tranquilidad. Odio levantar la voz.


“¿Por qué no me explicas de qué va esto? ¿Tienes alguna relación con la feria, o con la agencia de prostitutas?


El silencio era tan espeso que se podía tocar. No contestó a la pregunta, claro; pero cuando reiteró sus amenazas, delante de todo el personal de administración, no pude callarme.


“Puedes hacer las llamadas que quieras, pero si voy a pedir trabajo a alguna otra emisora y tengo la más mínima sospecha de que tú has querido sabotearme, yo me encargaré de que se sepa cuanto dinero debes en algunas salas de juegos.


Dos semanas más tarde yo estaba colaborando con una cadena de la competencia. Nunca volvía ver al déspota que me echó, pero hoy encontré a una de aquellas chicas de administración. La que me felicitó por aquel programa. Ambos tenemos veinte años más, estamos casados y con hijos. Hemos recordado, por un instante, aquél episodio de censura en cierta cadena de radio. Y no he podido sustraerme al deseo de rememorar aquella batallita.


Hora de cenar.


Con permiso.

3 comentarios:

Fernando Solera dijo...

Sólo puedo hacer una cosa: aplaudir. Por el artículo en sí y por la integridad que demostraste entonces.

metempsicótico dijo...

Jo tío, chapeau.

Caballero ZP dijo...

Si señor con un par, si más gente actuara de esa manera el mundo en el que vivimos sería muy distinto.
Saludos

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