
Hay una gran diferencia entre dejar de medicar a un enfermo terminal y dejar de alimentarle. Me espanta lo fácilmente que se confunde una y otra cosa. Y me espanta aún más que, entre quienes se confunden, haya muchos que lo hacen intencionadamente. Eluana Englaro no ha muerto por causa natural. Ha muerto porque alguien dejó de alimentarla, según el informe de la autopsia de la que solo falta el resultado del análisis toxicológico.
Supongo que quienes dicen defender “la muerte digna” estarán hoy algo más aliviados. Déjenme decirles algo. Hay una gran diferencia entre una muerte digna y querer acabar cuanto antes con una vida, revistiendo este acto de dignidad. Creo que Eluana murió dignamente. La mayoría de las muertes lo son. No creo que el hecho de haber acelerado su muerte le haya añadido un ápice más de dignidad. Dicen que su apariencia física estaba muy deteriorada. Para muchos, el deterioro del cuerpo como preliminar de la muerte es algo indigno, como lo es el sufrimiento. El sufrimiento en tales circunstancias nunca es deseable, pero nunca es indigno, porque no le quita dignidad a la persona que sufre. Muchos no se dan cuenta, o quizás sí, que es terrible pretender que un enfermo terminal que sufre está muriendo indignamente.
Hoy día, más que nunca, vivimos en los tiempos de la doble moral. Muchos de los que recuerdan como héroes a quienes objetaron al servicio militar para no tener que usar un arma o para manifestarse en contra de las guerras, insultan a cualquier doctor que quiera objetar y negarse a acabar con la vida de un paciente. Pretenden hacer prevalecer el derecho a quitar una vida sobre el derecho de quien no quiere quitarla. La expresión “muerte digna” ha ido ganando defensores con el paso del tiempo. Para mí es peor que una frase vacía de contenido. Es un término que retuerce el significado de la dignidad para favorecer un interés concreto. Y, como suele ser habitual en este tipo de consignas, desfavorece a quienes hayan decidido no seguir esa corriente. Muchas veces, en debates sobre este asunto, he hecho la prueba del algodón. He preguntado a algunas personas qué significa “dignidad”. No supieron explicármelo, a pesar de haber usaado dicha palabra durante tanto tiempo.
He conocido a quien supo aguardar la irremisible muerte con tranquilidad de espíritu. Tan solo pidió que no le prolongasen la vida inútilmente, pero que no hicieran nada por acortar su tiempo en este mundo. Así que llegó el día en el que solo tomaba medicinas que calmaban su dolor. De él oí las palabras más inspiradas que he escuchado en mucho tiempo.
Este es el momento por el que debo pasar. Confío en Dios y no haré nada para alterar el plan que Él tiene preparado para mí. De esta experiencia aprenderé yo y aprenderá mi familia. Yo tendré la bendición de ser cuidado por quienes me aman. Ellos tendrán la bendición de servir a quien aman.
Falleció tiempo después, habiendo sido bien atendido por su familia y amigos. No me pareció que tuviese una muerte indigna.