13 de mayo de 2010


A los veinte años yo ya había ganado, con todo mérito, una reputación bien merecida de despistado entre mis familiares, amigos y conocidos. En mi descargo diré que no se trataba de ese tipo de despiste en el que a uno tira todo lo que tiene alrededor, o que sufre habituales percances. No. Mi despiste era de esa clase que te hace quedar mal. Ese despiste que te aísla cuando caminas por la calle, absorto en tus propias reflexiones, o en las avutardas sin que éstas estén necesariamente revoloteando cerca.

No se hacen ustedes idea de cuantas veces me habré cruzado con un conocido, o con un familiar, y no le he saludado, cosa que se me ha reprochado en abundancia durante casi todos los años de mi vida. Desgraciadamente, no muchos me han creído cuando he tratado de convencerles de que si no les he saludado es, simplemente, por que no les he visto aunque les tuviera ante mi nariz.

Pues bien; una buena mañana de primavera, mediados los 80s, casi verano, de esas en que la calle huele a riego, césped y árboles, me dirigía a desayunar algo, nada más salir de mi colaboración en Radio Zaragoza. Entré en una cafetería de la Calle San Clemente, busqué mi sitio habitual en la barra y pedí al camarero un batido frío de chocolate.

No habría pasado ni un minuto cuando se sentó a mi lado un señor de unos 50 años, alto y bien arreglado. Cabello oscuro y corto. Gafas. Chaqueta oscura. Sin corbata.

Yo le conocía de algo, pero no podía ubicarle en mi entorno social. “Buenos días”, le dije, por quedar bien. "Buenos días" respondió. “¿Todo bien?” me interesé por no quedar mal, mientras él pedía un café con leche. “Sí, sí” dijo, mirándome a través de sus grandes gafas.

Su voz me resultaba familiar. Pero su cara sonriente era como un aviso de alerta en mi mente. “No le conozco de la radio – pensé – Así que tiene que un amigo de mis padres o algún conocido de mi hermano...”

“¿Qué tal todos en casa? ¿Qué tal la familia?” Pregunté mientras apuraba mi botellín de Cacaolat, tratando de salir del paso como un campeón...

“Muy bien todos – asintió – mucho trabajo y buena salud...”

“Me alegro”, contestó el imbécil que esto escribe. “Dale un abrazo a todos de mi parte. Cuídate mucho. Voy a casa a descansar un poco” me despedí dándonos un apretón de manos.

“Igualmente. Saludos en casa para todos”

Y seguí caminando por el Paseo de la Independencia, dirección Calle Alfonso I, preguntándome quien demonios era este hombre y porqué yo había heredado de mi madre este tipo de despiste que es marca de identidad entre mi familia materna.

...

Esa misma noche, Sentado frente a la televisión, mientras hojeaba un libro, levanté la mirada hacia la pantalla al oír la voz de aquél “conocido” de mis padres o de mi hermano. Era Antonio Ozores, en una de aquellas memorables intervenciones del Un, Dos, Tres, junto a Mayra Gómez Kemp. Programa que se grababa de lunes a miércoles.

¿Para qué iba yo a explicar a mis padres que había desayunado esa mañana junto a él y que me había dado recuerdos para todos...?




2 comentarios:

El Marqués del Villar dijo...

Hermosa anécdota, sin duda.

Memoria Histórica de Motril dijo...

Un pedazo de actor sí señor. Descanse en Paz..

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