17.4.19

No hace falta ser un lince para comprender que muchos políticos, amén de ciertos medios de comunicación, e incluso algunas instituciones públicas o subvencionadas con dinero público, conocen muy bien el efecto de plantar a diario la semilla del odio en nuestra sociedad.

La semilla del odio necesita precisamente el peor clima de todos para geminar, crecer y dar fruto. El ambiente de desesperación, de frustración, de ruina moral, ética y cívica -que en no pocas ocasiones es consecuencia de la ruina económica mezclada con ausencia de valores-, son los factores que conforman un ecosistema perfecto donde conviven y se desarrollan la ambición desmedida y la falta de escrúpulos.


Pero pueden darse consecuencias no calculadas, riesgos no asumidos, cuando la semilla del odio produce el efecto esperado. Cuando la confrontación llega a ser un fenómeno generalizado y aceptado por la mayoría, puede surgir un efecto de protesta y hartazgo de alcance difícilmente predecible.

Un ejemplo reciente en nuestra historia fue el 15-M, pero este fenómeno también se puede tomar como perfecto ejemplo de cómo apoderarse de una corriente social, canalizarla y dirigirla hasta que acaba languideciendo entre la decepción social y la corrupción política. En el 15-M se infiltraron desde servicios de información del Estado hasta grupos que constituían entonces el embrión de lo que luego se conocería como Podemos. Y casi ocho años después los resultados están a la vista de todos. Nadie recuerda el 15-M si no es para apropiarse su memoria.

Actualmente el ambiente de confrontación fomentado por políticos y agentes sociales, con el patrocinio de quien les financia, es como una olla a presión. Los políticos, que son la cara pública del sistema, hacen su papel. Prometen en campaña cosas de las que no se acuerdan ni antes ni después de las elecciones. Es entre el pueblo donde la confrontación aumenta. Otro ejemplo perfecto de ello es Cataluña, donde familias y amigos rompen su relación por causa de la política. O, mejor dicho, por dejarse arrastrar por políticos interesados que sembraron la semilla del odio hace décadas, que regaron y abonaron la planta, y que ahora recogen los frutos de un zarzal en el que los catalanes están enredados y que parece imposible de desarraigar. Pero en el resto de España la situación no es muy distinta respecto a tal ambiente. Las encuestas arrojan resultados incomprensibles para cualquier persona coherente, y nos presentan una mayoría del PSOE, cuyos mayores y casi únicos méritos son haber arruinado a la nación en dos ocasiones y haber institucionalizado la corrupción desde la época de Felipe González, mientras que los resultados de los partidos de derechas, si los confrontamos con lo que la gente opina en la calle, son tan delirantes como el programa económico de  Podemos.

Ante semejante panorama, ¿no cabe preguntarse si el crecimiento de Vox en las encuestas y sus anteriores resultados en las elecciones andaluzas es por el hastío de buena parte de los españoles, o por el contrario será otro medio de disidencia controlada?

Yo estuve en Vox, cuando éste era un partido recién fundado y liderado por Vidal-Quadras y González Quirós entre otros. Bien pronto pudimos comprobar no pocos militantes y simpatizantes que el personalismo y codicia comenzaban a abrirse paso en un proyecto en el que muchos ilusionados creímos y del que acabamos por saltar en marcha, cuando la falta de democracia interna y la ocultación de datos comenzaban a recordarnos demasiado a las habituales maniobras internas y traiciones de los socialistas y los populares en sus propios partidos. Vidal-Quadras y González Quirós se retiraron también, y Vox empezó a a parecerse demasiado a un partido del sistema.

Hoy por hoy, yo aún no creo en ninguna encuesta. Ni creo que el PSOE vaya a obtener tantos votos, ni que Vox quede por debajo de podemos, como le gustaría a la izquierda y sus medios serviles. Pero puedo estar equivocado.

Y hoy por hoy, quizás porque me he vuelto tan escéptico sobre política, creo que está por ver si Vox ciertamente encarna el clamor de una España vejada durante décadas, o es un nuevo quinto elemento cuya misión es acaparar los votos de millones de descontentos para canalizarlos y diluirlos más adelante. Porque hoy por hoy, lo único que veo es la frustrante cosecha consecuencia de la continuada siembra de la semilla del odio, cuyos frutos llevamos recogiendo cada cuatro años desde hace ya muchas décadas.

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