9.9.19


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Ada Colau cumple a la perfección con el perfil de político psicópata que ni siente ni padece. No tengo claro si su cerril actitud se debe a un orgullo desmesurado, a una estupidez profunda, a un sectarismo político digno de un estalinista, o a una combinación de todo lo anterior.


Como hemos relatado en los últimos meses, como muestran las noticias a diario, Barcelona se encamina al desastre a paso firme conducida con mano decidida por Colau desde su sillón municipal. Pero tengamos claro que el mérito de arruinar a una de las principales ciudades de España y Europa no es exclusivo de esta arribista de lo público.

Colau está donde está gracias a los votantes que la apoyaron  - y que ya sabían de lo que fue capaz durante su primer mandato -  y a los que le han prestado votos para sostenerla en el sillón. Todos son responsables de la situación de pesadilla que vive la ciudad, aunque quien tiene la responsabilidad última es ella como alcaldesa.

Hemos visto cómo todo lo que podía ir mal, ha ido mal. Como en la Ley de Murphy, cuando se sientan las bases para que un desastre suceda, sucede. El desaforado odio de Ada Colau y sus secuaces por el turismo, una de las principales fuentes de ingresos de la ciudad, y las medidas antiturismo que el ayuntamiento barcelonés ha ido implementando a iniciativa de esta psicópata de la política han dado el único resultado que se podía esperar, y la industria hotelera y de la restauración no han parado de cosechar malos resultados que repercuten en la estabilidad económica de la ciudad y aumentan la ya crecida precariedad laboral de la zona.

Colau y sus bolcheviques estelados siempre han sido conscientes de que si a su boicot al turismo añadían el apoyo tácito al crecimiento de la delincuencia, el efecto dominó se aceleraría la depresión de una Barcelona que, tiempo atrás, ofrecía una imagen ciertamente fiel de prosperidad e iniciativa privada. Y es precisamente eso, la prosperidad y la iniciativa privada, lo que constituye el verdadero obstáculo al avance de esa izquierda garbancera que se mueve por España a ritmo de manifa, batucada y feminazismo, y que solo cambia de acento dependiendo de la región que pisa.

Lo que ahora sucede es que el engendro de la Barcelona insegura, violenta, xenófoba y transarcoíris se les ha ido de las manos a sus patrocinadores. La realidad se ha impuesto y lo que seguramente estaba calculado y formaba parte del plan como mera propaganda,  que consistía en provocar a los tour operadores para que desviasen viajeros a otros lugares y que los países que mayoritariamente visitaban la ciudad terminasen por avisar a sus ciudadanos de que Barcelona es una ciudad a evitar, se ha convertido en una realidad innegable.

Porque en Barcelona, a un turista, y no digamos a un vecino cualquiera, le puede suceder de todo y muy malo. Desde que le roben la documentación, el dinero, la cámara y el celular, hasta acabar agredido o asesinado en plena calle o en algún local nocturno, sin olvidar la posibilidad de encontrar la propia vivienda ocupada o vandalizada en cualquier momento. Las bandas de menas se ha multiplicado y campan libremente, mientras políticos indeseables y comunicadores vendidos al independentismo justifican en TV3 esos delitos porque los autores son menores que provienen de otras culturas. Esto ha supuesto un efecto llamada a la delincuencia local. La peor y merecida fama al servicio del anticapitalismo y antiespañolismo de unos tarados que prefieren a toda una ciudadanía pobre e igual antes que diversa y económicamente pujante.

Los hurtos, robos y asesinatos han crecido de manera exponencial en el último medio año. Los establecimientos hosteleros no han cumplido las previsiones de negocio, que ya iban a la baja respecto a temporadas anteriores. Se incrementa el número de locales comerciales que cierran y no abren al descender la rotación de negocios, hay un cuantioso número de pisos nuevos que no se venden porque en esos barrios la inseguridad no invita a nadie a establecerse, y áreas comerciales e industriales desatendidas por sus proveedores porque cada vez más repartidores y mensajeros se niegan a circular por esos sectores debido a los asaltos a sus vehículos.

Y Colau, como la política psicópata que es, en lugar de buscar los medios para solucionar este enorme y gravísimo problema que se le ha ido de las manos, invierte tiempo en declarar a quien quiera escucharla que la culpa de todo lo que sucede la tiene la derecha en particular y el estado español en general. Mientras, el Ministerio del Interior confirma que tan solo el número de robos con violencia han crecido más de un 30% en la ciudad y su área metropolitana; un aumento desproporcionado si lo comparamos con el 11.3% de incremento en toda España.

Los hurtos han acumulado un alza de 20 puntos porcentuales respecto al resto de la nación y el total de denuncias en Barcelona, desde enero de este año hasta septiembre, se coloca en prácticamente cien mil tramitaciones.

Las fuerzas de seguridad locales se encuentran desbordadas y en buena medida desmoralizadas. Fuentes de la Guardia Urbana de Barcelona reconocen que un significativo índice de hurtos, reyertas e incluso menudeo de estupefacientes está relacionado con el aumento de los manteros y de las manadas de menas. Éstos últimos aparecen también relacionados con el tremendo incremento de agresiones sexuales. Pero estas mismas fuentes rebelan el descontento de no pocos agentes que saben que su trabajo se verá frustrado por las maniobras de la alcaldesa Colau para minimizar la realidad delincuencial de la ciudad y excusar y justificar a manteros, menas y cualquier otro inmigrante delincuente.

Ciertas asociaciones vecinales tratan de presionar al ayuntamiento barcelonés para que actúe de una vez; pero estas iniciativas parecen destinadas al fracaso. Al fin y al cabo, el desorden público que se adueña de la ciudad es parte de la estrategia de dominación izquierdista-anarquista que Colau y su partido, con la necesaria colaboración de los socialistas que la mantienen en el puesto, experimentan en la propia carne de los barceloneses quienes ven impotentes cómo sus representantes políticos diluyen sus esfuerzos en asuntos que resultan irrelevantes ante una situación de emergencia y seguridad pública.

Quedan aún casi cuatro años de legislatura en el ayuntamiento barcelonés. O el Estado toma las riendas en esta situación, o nada parece indicar que Ada Colau rectifique y abandone su desidia cómplice con los crímenes que se están produciendo. Hasta el momento, ni los asesinados, ni la ruina económica creciente, ni el desorden social incipiente han sido estímulos suficientes para que esta política psicópata, que ni siente sus errores ni padece por lo que hace a sus ciudadanos, actúe en consecuencia y trabaje para devolver a Barcelona al menos parte del esplendor perdido hace tanto tiempo.

Barcelona parece condenada sin remisión. Pero esta inepta alcaldesa  y su equipo de gobierno municipal no son los únicos responsables. Junto a ellos están sus votantes, sus apoyos de coalición, y quienes no hacen nada por ofrecer alternativas reales para corregir una deriva que lleva a la ciudad al abismo. En pocas ocasiones podrá decirse con tanto acierto que el aciago destino que se dibuja en el horizonte de una ciudad es culpa de buena parte de sus habitantes. La ciudad condal necesita desesperadamente un Rudy Giuliani sin complejos y con las agallas suficientes para salvarla del desastre. Pero no parece que en la política local haya una alternativa parecida. En la izquierda es imposible que se dé un personaje como él. En la derecha cobarde y acomplejada tampoco hay condiciones idóneas para encontrarlo. Y entre los independentistas, lo que ha primado siempre es “hacer república” para asegurarse los cargos públicos necesarios para seguir saqueando a Cataluña y al resto de España.

Ada Colau es la responsable de la ejecución plan Kalergi en Barcelona y se muestra orgullosa de ello. No hay más que repasar sus acciones y las hemerotecas. Sin embargo, esta yonki del poder y del victimismo olvida que el Islam no paga a  traidores ni justifica a herejes. Les ha abierto la puerta y ellos no permitirán fácilmente que ésta vuelva a cerrarse.



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