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FIN DE VACACIONES FORZOSAS


Desde el pasado 9 de agosto este blog ha estado en vacaciones forzosas. Desde ese día, hasta hace escasos minutos, no he podido entrar a la edición de ninguno de mis blogs de blogspot. Así que lo primero que quiero hacer es pedir disculpas por no haber podido contestar a los participantes del post anterior.

Creo que el mejor modo de hacerlo es añadiendo mis respuestas en este post, agradeciendo de antemano el tiempo que los participantes dedicaron a expresar sus puntos de vista durante aquél día 9 y posteriores.

Don Andrés: Desde mi punto de vista moral, que es el que pretendo aplicar a mi modo de ver las cosas a diario, existe una colisión tremenda entre el rechazo a la gran mayoría de las prohibiciones y la certeza de que cualquier festividad o manifestación social que pase por la tortura y muerte de un animal no expresa más que la necesidad de dar rienda suelta al lado más oscuro del ser humano. Ante esta colisión, ¿qué debemos hacer? ¿Qué se espera de nosotros? Sinceramente, no creo que nadie vaya a ser menos liberal de lo que es por tratar de impedir que se infrinja tortura y muerte a un animal.

Si un hijo mío se divierte atormentando a un pájaro, por poner un ejemplo, ¿debo amonestarle por comportarse como un bárbaro, o respetar su libertad dejando que siga martirizándolo?

José Enrique Carrero-Blanco Martínez-Hombre: Está claro que la historia nos demuestra que el efecto rebote de algunas prohibiciones acaba por crear consecuencias peores que aquellas que los legisladores pretendían evitar. Veremos qué pasa en Cataluña cuando esta prohibición entre en vigor.

Samueldl: Sobre la comparación del uso del burka con el habito de las monjas solo tengo un par de cosas que decir.

No veo comparable ambas cosas en absoluto. No seré yo quien defienda, desde el punto de vista doctrinal, la existencia de monjas, monjes u otras figuras religiosas que se recluyen del mundo, pero creo reconocer, en el hábito de las monjas, un afán por seguir un precepto religioso, por mucho que yo esté en desacuerdo con él, del que se puede dejar de practicar cuando la monja lo desee. No sucede lo mismo con el burka, por descontado. Todos conocemos las consecuencias que han tenido que pagar muchas mujeres que se han negado a llevarlo.

No se me ocurriría equiparar en derechos a animales y a personas. Las personas son la primicia de la creación y, por tanto, les corresponden muchos más derechos, pero también obligaciones. Los animales no tienen obligaciones, pues no poseen conocimiento suficiente para aceptarlas, pero sí creo que deben tener el derecho a ser respetados en la medida de lo posible, y dentro de esa medida debe contemplarse el no ser usados como objeto de diversión y escarnio. De hecho, creo también que el ser humano debería usar su superioridad moral y ética para evitar estos hechos vergonzosos.

Como libertad total entiendo, por ejemplo, la libertad de la que han dispuesto ciertos gobernantes para hacer y deshacer a su antojo, una vez alcanzado el poder. Libertad que han aprovechado en beneficio propio y en perjuicio de otros. Un ejemplo claro podría ser Castro, cuando se convirtió prácticamente en dios y voluntad suprema de Cuba, con las consecuencias que todos conocemos.

En cuanto a lo de llamarme tramposo, reconozco que nunca me habían adjetivado de ese modo, con todas las cosas que me han dicho en Internet. Supongo que siempre hay una primera vez para todo. Un poco de ironía siempre va bien, creo.

Saludos a todos y muchas gracias por los comentarios.
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-COLABORACION- MARTIN CID. HUMORES Y TUMORES


Humores y tumores
por Martín Cid

En la siempre habitual lectura de la prensa nos encontramos (ya estaba previsto) con el asunto de la prohibición definitiva de los toros en Cataluña (con eñe) y alguna histórica portada como la del diario Público (nunca dejará de sorprenderme: cuando ya crees haber visto al mayor enfermo de ictericia siempre llegan nuestros amigos de Público para superarle en amarillismo). Sin embargo, hoy me fijo en una noticia que no por rocambolesca deja de ser filosófica:
El día 15 de julio operaron a una tal Bárbara de una tumoración en la pierna. La cosa no iría a mayores si no hubiese sucedido lo siguiente: el cirujano no miró el informe y abrió directamente (sí, lo sospechaban: ¡equivocándose de pierna!).
Por si a alguien le interesa algo más:

Y sí, ahora vamos a hablar de toros (el título era para despistar). Más allá del asunto de si matar a un animal está bien o mal (yo procuro no matarlos con mis propias manos a no ser que haya un festejo familiar, pero me temo que desde la antigüedad el hombre ha comido carne) me llama la atención las cotas que se alcanzan en enfrentamientos tan enconados. Parece ser que por una vez las dos facciones (la de una mano y la de la contraria) se han puesto de acuerdo: una mano a favor con el PP y otra en contra con las facciones de izquierda (¿o era al revés?).
Bien, los periódicos también se han posicionado y desde los más extremos.
Los más moderados:
ABC: Cataluña prohíbe los toros (sí, se parece sospechosamente al titular de El País, pero añaden el antetítulo “acoso a la fiesta nacional”).
Luego tenemos personajes cuanto menos entrañables como el no siempre cándido Pepe Navarro, director de la DGT (no confundir con el más respetable Pepe Navarro, que aún no sé si el hijo con Ivonne Reyes es suyo o de otro). La noticia no tiene desperdicio: Pere Navarro ve el origen de la prohibición en 'Bambi' (sí, también de nuestro siempre recurrido diario Público).
¿Es la Fiesta Nacional un deshonor para esta nación europeizada llamada Cataluña (o España)? Lo cierto es que se trató de una iniciativa popular promovida por la plataforma PROU! que llegó a recaudar 180.000 firmas. La ciudad en la que ya está prohibido hacer top-less en las playas o tomar un bote de refresco por la calle (no sé si al revés también vale) ha dado un importante paso en su constante oposición al centralismo que viene a representar la derecha en España. Este hecho, analizado desde un punto de vista ajeno a la moral, supone el enésimo enfrentamiento y distanciamiento en un asunto que, seamos sinceros, poco tendría que ver con la política. Y es que los toros han servido a los nacionalistas, independentistas… para apuntarse un tanto poniendo como excusa un elemento ajeno a la política. El argumento viene a ser (resumido) el siguiente: Cataluña tiene tantas tradiciones y cultura propias como para oponerse a la tradición española. Es por ello que la prohibición de los toros se hace más importante a medida que los catalanes inciden más y más en su tradición propia que, claro está, ayudará a la siempre presente idea de la independencia.
Parece ser que la raíz del conflicto viene determinada por el concepto de nación. Para ser originales, vayamos a la RAE:
nación.
(Del lat. natĭo, -ōnis).
1. f. Conjunto de los habitantes de un país regido por el mismo gobierno.
2. f. Territorio de ese país.
3. f. Conjunto de personas de un mismo origen y que generalmente hablan un mismo idioma y tienen una tradición común.
4. f. coloq. p. us. nacimiento ( acción de nacer). Ciego de nación.
5. m. Arg. p. us. Hombre natural de una nación, contrapuesto al natural de otra.
El asunto es que, dicen por ahí, que dentro de un mismo País pueden existir diferentes naciones atendiendo a la tercera acepción (personas del mismo origen y con tradición cultural común). Así, la pretensión catalana se basa en varias naciones dentro del mismo territorio. Algunos sectores de la izquierda ya señalan el problema del asunto:
(Cataluña) "Es una nación, pero dentro de España es compatible la existencia de otras naciones, como la nación catalana con identidad cultural que no tiene necesariamente que transformase en Estado"
Gaspar Llamazares, quería figurar

Con respecto a este asunto, y ya poniéndonos un poco más serios: ¿tampoco quieren los catalanes hacerse partícipes de la tradición clásica? En la Antigüedad existían unos festejos llamados fiestas dionisíacas (sí, bastante parecidas a San Fermín) en las que se bebía, se comía y se sacrificaban animales. ¿Una estupidez propia de los antiguos? Como siempre que investigamos un poco más en profundidad, a veces encontramos una sabiduría milenaria que no por antigua ha de ser desdeñada: ya concebían al hombre en su doble vertiente racional-irracional (que no nacional ni nacionalista) y así estas fiestas servían a las gentes para acercarse a su más irracional carácter. También lo dijo un tal Platón con su mito del carro alado en el que se mostraba que no todo en esta vida era hacer silogismos ni votaciones (aunque Aristóteles fuese más partidario del positivismo político, ¡ahí queda eso!). Y es que la irracionalidad está muy presente en el ser humano y no es ahora cuestión de negar la naturaleza del hombre aunque una votación diga lo contrario.
Las muy modernas definiciones de País, Estado, Nación tienen más que ver con la definición de la muy aristotélica:
entelequia.
(Del lat. entelechĭa, y este del gr. ντελχεια, realidad plena alcanzada por algo).
1. f. En la filosofía de Aristóteles, fin u objetivo de una actividad que la completa y la perfecciona.
2. f. irón. Cosa irreal.
Así, el Estado somete a los ciudadanos a una quimera inalcanzable de pretensiones divinas en la que el ciudadano está totalmente libre de falta moral si cumple las leyes que el mismo Estado promueve. Y se trata de una entelequia porque es en todo punto inalcanzable la legislación total. Dícese: la total legislación de todas y cada una de las actividades o gustos del ciudadano. Someter por tanto a idénticos gustos al 100% de ciudadanos (sean catalanes o no) constituye más un error infantil que una pretensión correcta. Sí, desde luego que lo están intentando desde los sectores más progresistas, pero también es cierto que, a pesar de las virtudes falsamente sofistas de nuestros políticos, se torna una tarea imposible y (segunda acepción de entelequia) en todo punto irreal e inalcanzable.
Pero, queridos lectores, quizá nuestros políticos no tengan demasiado en cuenta la filosofía griega (si es que la conocen).
Lo que si saben y lo tienen muy bien aprendido es la definición de…
demagogo, ga.
(Del gr. δημαγωγς).
1. adj. Que practica la demagogia. U. t. en sent. fig.
2. m. y f. Cabeza o caudillo de una facción popular.
3. m. y f. Orador revolucionario que intenta ganar influencia mediante discursos que agiten a la plebe.
Ahora llega el difícil final del artículo. ¿Cómo relacionar al cirujano que se equivocó de pierna con los toros? Muy fácil, estimados lectores, también en política existen personas que se equivocan de postura (o por llevar la contraria, que es bien sano). ¿Unanimidad total? Pues un hombre que quiere prohibir fumar totalmente pero legalizar el hachís y la marihuana se opone (y es de izquierdas). Su nombre: Gaspar Llamazares (no confundir con el Rey Mago.
¿Qué se habría fumado éste?

**Martín Cid es autor de las novelas Ariza (ed. Alcalá, 2008), Un Siglo de Cenizas (ed. Akrón, 2009), Los 7 Pecados de Eminescu (e-book) y del ensayo Propaganda, Mentiras y Montaje de Atracción.
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LIBERTAD Y RESPONSABILIDAD


Gracias a Don Andrés, José Enrique Carrero-Blanco Martínez-Hombre, Javier, Javier Solera, Nómadas y Samueldl por participar con sus opiniones en el post anterior. A ellos especialmente está dedicada esta reflexión que yo necesitaba vivamente plasmar en esta web. Y gracias de antemano a cualquier visitante que también desee participar, con respeto, en este debate.

Por primera vez en varios años he tenido que dejar de publicar en el blog durante una semana. Semana que ha sido bastante intensa en algunos aspectos, dejándome poco tiempo para ciertas actividades.

Al hilo del último post, en el que planteaba los dos aspectos que más me preocupan sobre la prohibición de las corridas de toros en Cataluña: el maltrato animal en innumerables tradiciones y festividades españolas, y mi convencimiento sobre el verdadero fondo de esta prohibición, que no es otro que erradicar una costumbre española fuera de ese “país” que los independentistas catalanes pretenden construir.

Parece que, en cuanto a la implicación política de esta iniciativa antitaurina, hay unanimidad. Tanto más que resulta muy sospechoso que se haya votado a favor de ilegalizar las corridas, pero nada se ha dicho sobre otras fiestas donde el toro se usa como un juguete al que poner fuego encima, patear y servir de chanza para un populacho bebido y ansioso de dar rienda suelta a su embrutecimiento.

Sin embargo, los diferentes comentarios en el blog, así como otros que he escuchado durante esta semana, me llevan a reflexionar sobre la libertad, sus límites y su uso correcto o incorrecto a la hora de defender ideas, costumbres y tradiciones.

Por ejemplo:

Uno de los argumentos que más me ha decepcionado, y que oigo desde hace años, es el que defiende las corridas de toros recordando, sin relación real, otras prácticas abusivas y crueles con animales. Durante esta semana leí un artículo escrito por una colaboradora de Carlos Herrera, a la que tengo por mujer inteligente, en el que presenta un infantil ejercicio del y tú más, más propio de gente sin recursos que de personas preparadas. Escribe sobre la tortura que supone para las ocas, y otras aves, el que de su hígado vayamos a comer foie-gras. Después se extiende sobre la matanza del cerdo y otros aspectos festivos y culinarios españoles.

Precisamente, es por este tipo de cosas que yo pretendo enseñar a mi hija que, ante un problema, la mejor garantía para no solucionarlo es comenzar a hablar de otros problemas similares y recrearse en ellos. Hace muchos años le expliqué el ejemplo de la mesa que cojea. Es necesario arreglarla, si uno quiere comer en ella con comodidad y sin riesgo de sufrir algún percance. ¿Qué es mejor? ¿Qué solucionará el problema? Arreglar la pata deteriorada de dicha mesa, o lamentarnos y justificarnos en que hay también sillas cojas, que un armario tiene una de sus puertas rotas o que el grifo del baño pierde agua?

Habitualmente, el español se pierde en mirar, quejarse o justificarse en los defectos de otros muebles, de modo que pasan los años (y los siglos) y la mesa sigue coja y el español mantiene sus quejas. ¿Qué tiene que ver, o en qué puede ayudar, el hecho  de que algunos alimentos se obtengan con el sufrimiento animal, para reconocer que lo que para algunos es arte finaliza invariablemente con la muerte, no siempre rápida, de un ensangrentado animal al que, previamente, se le ha sometido a otros suplicios? ¿Es que hablar de las sillas cojas o del grifo con gotera arreglará la pata deteriorada de la mesa?

Sobre otro de los planteamientos del artículo de Rosana Güiza, en el que defiende el sufrimiento del toro poniéndolo en paralelo con que hasta el hombre sufre cuando muere, solo diré que me parece aberrante justificar mediante el propio sufrimiento, el derecho a infringir sufrimiento y dolor a otros seres. El hombre también goza en esta vida. Con una película, una buena comida, con el amor, con un paisaje… Llevemos entonces a un toro a una sala de cine, a un buen restaurante y a un crucero por las islas griegas. Sinceramente, me desalienta la condición humana cuando ésta es capaz de buscar las más retorcidas y delirantes razones para justificar seguir haciendo algo que le satisface.

Si embargo, otro aspecto más trascendental que el anterior me ha tenido pensativo todos estos días, y lo he compartido con algunas personas que han terminado por plantearse íntimamente algunas cosas también.

En el referido post anterior hemos hablado de la libertad para mantener y no prohibir las corridas de toros. Los comentarios de los visitantes del blog me han parecido inteligentes y razonados, aunque no necesariamente me sienta de acuerdo con todos ellos. Concretamente Javier es el que ha explicado perfectamente lo que yo siento sobre este asunto, desde el punto de vista de la fe cristiana.

Pero, ¿qué sucede cuando entran en colisión el derecho a la libertad y un necesario límite a la libertad? Alguien dirá que poner límites a la libertad no es de buen liberal. Yo he contestado siempre que el hombre no está en condiciones de ejercer sobre los demás su propia libertad absoluta porque, tal y como nos lo demuestra la historia, la libertad total de un individuo rara vez se ha traducido en otra cosa que no haya sido en fractura de los derechos y libertades de otro.

Yo creo firmemente que la libertad sin límites termina por degenerar en tiranía hacia uno mismo o hacia el prójimo. Me explicaré con el ejemplo del tabaco, con el que no pretendo molestar a nadie, pero sí hacer un poco de pedagogía.

Creo firmemente en la libertad del individuo como uno de los pilares fundamentales de una sociedad libre e igualitaria en oportunidades. No puedo concebir mi sociedad ideal de otro modo. Creo también firmemente en el derecho de cualquier persona para hacer con su vida lo que quiera; es decir, a vestir como quiera, pensar lo que quiera, consumir lo que quiera y expresarse como quiera. Desgraciadamente, muchas de las personas que reclaman tales derechos no los conceden a los demás con el mismo convencimiento.

De modo que, siguiendo con el ejemplo del tabaco, puedo comprender perfectamente que cualquiera reclame su derecho a fumar. Como si quiere comer piedras. Ahora bien; ¿es honesto respetar la libertad de acción de quien cultiva y comercializa un producto que enfermará y convertirá en adictos a millones de personas?

¿Qué sucede cuando trasladamos esta incógnita hacia otros aspectos sociales, religiosos o políticos?

Quien respeta la libertad y la democracia, respetará de buen grado el derecho del ser humano a ser creyente, a profesar una u otra religión, a defender cualquier partido político de su preferencia, o a definirse como individuo o como parte de un colectivo. En contrapartida, quien pretenda que le sean respetados tales derechos, también deberá ser consciente de que otros pueden discutir, estar o no de acuerdo con los principios bajo los que él quiera vivir. Pero, ¿Qué se debe hacer cuando alguien, haciendo uso de su libertad, pretende anular la de otros mediante ideas políticas autoritarias, prácticas financieras abusivas o cultos religiosos que sojuzgan al ser humano, privándole de los derechos más fundamentales? Dicho de otro modo: ¿qué debemos hacer los que defendemos el liberalismo clásico frente a semejantes atentados contra la libertad?

Varias veces he citado en este sitio a Edmund Burke:

“Hay un límite en el que la tolerancia deja de ser una virtud.”

Desde que conozco esta frase la he defendido por absoluto convencimiento. Y he podido comprobar en numerosas ocasiones que, para salvaguardar mi libertad y la de otros, he tenido que dejar de hacer concesiones a quienes, paso a paso, con la “libertad” en sus bocas y sus escritos, no buscaban otra cosa que arrebatar el libre albedrío a quienes no se mostraban de acuerdo con sus postulados. Buena prueba de lo que sucede, por poner otro ejemplo, es la intención invasora del Islam sobre occidente. Dada la manifiesta inferioridad moral de dicho sistema socioreligioso ante el occidente fundado sobre principios cristianos, su método de invasión no nos llega como un choque frontal de culturas en la mayoría de la casuística. Es mucho más sutil. Es asentarse en nuestra sociedad y comenzar a exigir derechos y libertades que ellos no están dispuestos a conceder, en sus países, ni siquiera a quien es musulmán.

De igual modo sucede con ideas tales como el comunismo y el fascismo. Aunque no me guste; aunque lo considere digno de tarados morales y éticos, como liberal debo respetar que cualquiera se sienta atraído hacia ideas totalitarias. El pensamiento debe ser libre. Pero, parafraseando a Burke, no puedo ver, ni bajo el más mínimo ápice de tolerancia, la práctica del fascismo y el comunismo, simplemente porque, como no puede resultar de otro modo, el resultado de tales tendencias es la miseria intelectual, material y moral, así como el terror y el odio.

Alguien me preguntó, no hace mucho, si yo, como liberal, estaba de acuerdo con la prohibición del burka en centros oficiales y lugares públicos en España. Le contesté que sí. Y que, además, si de mi dependiese, propondría en el congreso un proyecto de ley al respecto y que cada diputado pudiese votar sin estar sujeto a ninguna disciplina de partido. Yo prohibiría el burka porque tal prenda de vestir no solo no constituye un problema de moda en absoluto, sino porque es un símbolo claro de dominación de unos seres humanos sobre otros, sirviéndose de ideas religiosas y del terror. De hecho, en los países donde se aplica el burka mayoritariamente, cualquier mujer que no lo lleve está expuesta a morir lapidada, ahorcada, apaleada o fusilada porque así puede decretarlo un tribunal religioso. Para mí, el reconocimiento del derecho al burka en España implica un reconocimiento tácito de España a las consecuencias a las que se pueden enfrentar las mujeres que no desean llevarlo.

Finalizando ya estas consideraciones, quiero volver a las corridas de toros. No me parece tan mal (sin que me parezca bien) que alguien las defienda con el argumento de la libertad de quienes les gustan estas prácticas, como los que las defienden asegurando que existen otros abusos sobre animales que no se solucionan. Insisto en que me parece nefasta la excusa del “y tú más” y del “si no lo hago yo, otro lo hará”. Pero si justificamos con el arte la muerte de un animal en una fiesta, ¿con qué autoridad moral podemos reprochar a un supuesto “artista” que deje morir de hambre a un perro para mostrarlo en fotografías artísticas?

¿Si permitimos que, por causa de una tradición, un pueblo de tarados inhumanos, en su fiesta patronal anual, persiga a lanzazos a un toro por sus calles para regocijo de sus habitantes, con qué autoridad moral podemos reprochar a quienes siguen practicando el sacrificio de animales por motivos religiosos? ¿Si toleramos, en nombre de la libertad, que un dictador mantenga a su pueblo en la miseria y el terror, con qué principios podremos ejercer una defensa coherente de la libertad?
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LINK ACTUALIZADO 8 DE AGOSTO DE 2010 PROHIBICION DE LAS CORRIDAS DE TOROS EN CATALUÑA


Soy de los que creen, porque estoy absolutamente convencido de ello, que Franco, la transición y la búsqueda compulsiva de ultraderechistas hasta debajo de las piedras son los argumentos de los que viven, y muy bien, por cierto, una corte innumerable de inútiles que, en un país normal y democrático, habrían tenido infinitamente más difícil acceder a puestos de responsabilidad en gobierno, política, medios de comunicación y un sin fin de estamentos e instituciones públicas mantenidas por el conformado contribuyente español.

Es tan previsible el comportamiento y los razonamientos de cualquiera de estos “intelectuales” y “gestores” autodenomidanos “de izquierdas”,  aunque en sus vidas privadas se conduzcan como auténticos capitalistas, que resulta muy difícil poder valorar cualquier iniciativa de ellos con un mínimo de objetividad.

Todo este reciente asunto de la prohibición de las corridas de toros en Cataluña, promovido por los independentistas, me suena tan falso ahora que ya es una realidad como hace un tiempo, cuando era una proposición poco más que molesta e inalcanzable.

Ante todo, quiero dejar mi posición bien clara con respecto a las corridas de toros. Posición fundada sobre la base de mi fe cristiana que procuro aplicar en mi comportamiento, mi forma de entender la política y mi punto de vista sobre la sociedad.

Considero una abominación a los ojos de Dios que cualquier ser humano, valiéndose de su superioridad, se sirva de un animal para mortificarlo de cualquier manera en un espectáculo. No estoy en absoluto de acuerdo con el argumento, pobre argumento, que defiende que las corridas de toros son buenas por el hecho de ser una tradición. Que una costumbre sea una costumbre, que una tradición sea una tradición, no son sinónimos de comportamientos correctos ni moralmente sostenibles.

En base a dicho argumento, o apoyándose en él, he oído otras ideas tales como que el toro realmente no sufre cuando le clavan arpones en la espalda, le pican la columna vertebral con una lanza, o le meten, para matarlo definitivamente, una espada de un metro de acero en el cuerpo. Tales excusas son de todo punto reprobables, porque lo único que ocasionan esas prácticas es derramamiento de sangre inútil y ofrecen el espectáculo de la muerte a cientos o miles de personas presentes en una plaza.

Hay otros muchos planteamientos que tampoco puedo llegar a comprender, ni siquiera disculpar, tales como que si no fuera por las corridas de toros no existieran, tampoco existiría el toro bravo ni las ganaderías. Entonces, desde ese “humano” punto de vista, ¿se debe justificar que exista una especie para que su fin sea morir como entretenimiento del público?

He escuchado, en muchas ocasiones, cómo muchos defensores de la tauromaquia se definen como amantes de los animales, curiosamente, lo mismo que también hacen muchos cazadores. ¿Cómo puede comprenderse que alguien ame y cuide a su propio animal doméstico y se muestre a favor de la ejecución pública de otro animal?

Aunque solo sea por costumbre o tradición – en España se justifican muchas cosas en nombre de las tradiciones – la gran mayoría de público de las corridas de toros se confiesan católicos. Incluso los toreros, como la mayoría de católicos tradicionales, son tan exageradamente supersticiosos que se hacen acompañar por toda clase de imágenes y estampas de vírgenes y santos, aunque a la vez confíen en extrañas creencias tales como no querer ver una montera hacia arriba por parecerse al interior del ataúd, y otras creencias parecidas, lo que demuestra que su confianza en Dios no debe ser tan fuerte cuando usan amuletos y supersticiones. ¿Cómo se puede pretender ser cristiano y defender al mismo tiempo un espectáculo en el que la audiencia clama por la muerte de un animal y presencia cómo un hombre pone su vida en juego?

Dicho todo esto, (y más que querría exponer y no hago por no aburrir a nadie) también quiero expresar mi absoluta desconfianza, tal y como han hecho otros muchos durante estos pasados días, en este empeño de los independentistas catalanes por prohibir las corridas de toros. No veo en ello un afán sincero de acabar con la práctica de un espectáculo cruento que otros pretenden revestir de arte y cultura. No veo otra cosa que no sea interés político. No veo otra intención distinta a la de atacar, desde el independentismo, a una costumbre española que se pretender erradicar de Cataluña, para que la propia Cataluña parezca menos española de lo que es.

Porque si la prohibición de las corridas de toros buscara como objetivo verdadero acabar con el sufrimiento innecesario de unos animales, los independentistas catalanes habrían incluido en sus propuestas la abolición de ciertas fiestas populares catalanas en las que se somete a miedo y sufrimiento a otros toros. Fiestas contra las que los nacionalistas catalanes no se atreven a actuar, ya sea por no encontrarse frente al descontento popular, o sea por que dichas fiestas sí que agradan a su sentimiento nacionalista.

De nuevo, los independentistas han basado sus argumentos en la doble intención y en el enmascaramiento de sus verdaderos objetivos antiespañoles. Y de nuevo, también, otros han justificado la defensa de las corridas de toros con conceptos tales como la libertad, para no tener que complicarse con mayores consideraciones como el valor de la libertad y el libre albedrío y la conveniencia de usarlos para ejercer dominio injusto contra  especies animales que viven con nosotros en un mundo del cual deberíamos ser tan buenos administradores como herederos, tal y como nos aconseja el cristianismo.

Sin embargo, las intenciones de la mayoría de independentistas quedan bien claras pocos días despues:

La Generalidad autoriza más de 200 festejos taurinos este año en Tarragona.
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